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Miqui Otero

El pujolismo en ‘La Sagrada Familia’

Ya llevaba varios días en la feria del libro de Buenos Aires, cuando aquella mañana me dirigí al dueño de una de las mejores librerías de la ciudad: “Necesito un ensayo para entender de una vez qué es el peronismo”. Él se permitió un silencio de cinco segundos y luego contestó: “El peronismo no se lee, el peronismo se vive”.

El pujolismo en ‘La Sagrada Familia’

Yo pensaba que la mía era la anécdota definitiva sobre’ el asunto, hasta que se la expliqué a mi colega José Ignacio Carnero, que me contó: “Yo hice lo mismo en otra librería. A mí sí me recomendaron un libro. Lo devoré en dos días y volví para decirle al tipo: ‘No entendí nada’. ¿Sabes que me contestó? Entonces lo entendiste todo”.

Si alguien llegara a Cataluña y me preguntara a mí qué es el pujolismo, quizás recurriría a una de esas dos respuestas. Me resultaría difícil dar con un título que atrapara la complejidad de la figura y su legado, aunque ahora sí sabría qué recomendar: la serie La Sagrada Familia, de David Trueba, que acaba de estrenarse en HBO.

No hay narrador en este documental de cuatro capítulos, y esa elección marca la vocación crítica pero empática con la que se aproxima al fenómeno. No hay voz en off, porque se reconstruye a través de un coro (abundante y variado) de voces que lo conocieron.

Hay expresidentes del Gobierno español, periodistas catalanes y españoles y figuras decisivas como Victoria Álvarez, la amante del primogénito de la familia que le contó a un florero (con un micrófono escondido) lo que muchos sabían, pero solo decían (como hablaba catalán Aznar) en la intimidad. Entre todas, destaca la de Josep Pujol y la de Lluís Prenafeta, el hombre para todo.

A este último, con el que Pujol llegó al poder cuando hasta las naranjas del Pati dels Tarongers eran mandarinas, el president le dijo: “ Generalitat somos tú y yo”, una frase donde resuena ese “El Estado soy yo» de Luis XIV. Como dijo Stoichkov en una celebración culer en el balcón del Palau, Pujol era el rey de Cataluña, derechos dinásticos incluidos.

Yo nací en 1980, justo cuando Jordi Pujol tomó las riendas, así que hasta que me independicé (a los 23) no conocí a otro jefe. De hecho, en mi infancia, durante la que visité muchas veces Cataluña en Miniatura, el país estuvo en manos de dos líderes de estatura modesta: Josep Lluís Núñez y Jordi Pujol, algo así como los Xavi e Iniesta del momento.

El pujolismo (con su retórica austera y cubista) impregnaba todo e influía incluso en la estética del antipujolismo. El pujolismo eran las chirucas y el asociacionismo católico, el madrugar para que Dios ayude, la frase de Guardiola cuando

el Barça llegó tarde a jugar contra el Osasuna, la reacción de Laura Borràs cuando se la acusa de algo (y ella usa la senyera como bufanda), la burguesía catalana que evita la ostentación y que cuando sale en barco dice que “ per mar” para evitar explicitar la posesión del barco, la austeridad que se identifica con el buen tono, pero que sirve para preservar el capital.

Pero también todo ese voto captado a la inmigración (catalán es quien vive y trabaja aquí) y a la radio teletaxi de sus líderes de opinión.

La serie va desde el padre Florenci, que bajaba dinero hacia Marruecos en cajas de zapatos, hasta los hijos, que lo subían a Andorra en bolsas de basura. Y se detiene y analiza la debacle de la confesión (una confesión parcial, que posibilita que mucho analista voluntarioso aún pueda separar el autor de la obra, la corrupción familiar de la labor política).

Ahora que el espacio posconvergente es verdaderamente un potaje peronista, tan confuso como transversal, se agradece saber que, cuando alguien me consulte qué hacer para entender el pujolismo, yo pueda invitarlo a casa, servirle un chupito de ratafia y poner La Sagrada Familia.

Escribo esto mientras colocan un buey alado en la Torre de Lucas de esta iglesia: incluso el título es acertado, porque si algo une al pujolismo y a este templo es que la obra jamás se acaba, aunque su arquitecto original fallezca y aunque cada vez luzca más parcheada, más fea.

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