Estos días se habla mucho, amigos y amigas, de la soledad no querida. De esa, por ejemplo, que campa a sus anchas en la historia de muchos de los ancianos y ancianas que viven en las residencias de mayores, aunque no sea exclusiva de tal colectivo. Una soledad que desde uno de sus centros, en Pontevedra, se aireó hasta la saciedad, merced a la carta en la que su director ponía —negro sobre blanco— esa realidad encima de la mesa. Un problema que afecta cada vez más a nuestra sociedad, y no solamente en las franjas de edad más altas, sino de forma generalizada. Hoy, en Shikamoo, hablamos de la soledad...

Y no se lo tomen a guasa, oigan. Dicen los especialistas en la materia que la soledad no querida, la no buscada, está detrás de muchas patologías, tanto de las que afectan a la salud psíquica y psicológica como a la social. Y es que es evidente que, si algo somos las personas, es sociales y sociables. Una existencia en la que los contactos son mínimos y de escasa implicación afecta, necesariamente, a la persona y a su vida. Y a veces de una forma definitiva e irreversible.

El modo de vida actual ha traído muchas ventajas a la sociedad, si lo comparamos con cómo se vivía hace décadas. Pero también, seamos sinceros, algunos problemas. En materia familiar, por ejemplo, hoy asistimos a un verdadero caleidoscopio de tipologías de familia, en lo que es un ejercicio de diversidad y de respeto a la individualidad. Esto es fantástico. Pero sí que es cierto que, por el camino, se ha perdido el concepto de familia más envolvente, que arropa a todos en su seno. Una tendencia que comenzó en otras sociedades más industrializadas y más desarrolladas y que, ahora sí, nos ha tocado también a nosotros de lleno. La familia está menos presente en el día a día, en general, y eso se nota sobre todo en relación con las personas más vulnerables. Porque mientras todo fluye bien, es más fácil que pase desapercibida esa soledad persistente y no querida. Pero cuando uno se hace más dependiente, entonces sí que si no estás acompañado se nota más.

La soledad es, por supuesto, una opción muy válida cuando es deseada y querida. Antes era raro ver personas que optaban por la eterna soltería, porque se interpretaba que algo no había ido bien en el proceso de búsqueda de pareja, que por supuesto se suponía siempre del sexo contrario. Si, además, quien estaba sola era una mujer, el pecado aún era mucho mayor. “Solterona” era lo mejor que le podían llamar a una... Afortunadamente, el paradigma ha cambiado, y hoy una mujer o un hombre pueden optar por conservar su independencia y hacer su vida tal y como les venga en gana. ¡Bien! Pero, por contra, actualmente hay también más personas que viven solas en contra de su voluntad. Seres humanos que, en una sociedad con menor nivel de amalgama social, no disfrutan de una soledad que les hace daño. Y eso es un problema.

Creo importante avanzar en la búsqueda de otros modelos sociales, donde el porcentaje de personas que vivan solas sin quererlo, o vivan institucionalizadas y aisladas de su entorno natural, sea notablemente menor. Podemos mirar a nuestro alrededor para inspirarnos, porque en otras culturas el sostén familiar sigue siendo muy importante. En conciliar tal nivel de protección con la pervivencia del respeto a la individualidad y a las características de cada cual, está para mí la virtud. Algo que, obviamente no es fácil: no es casualidad que los grupos humanos donde hay menos soledad no querida y más apoyo interpersonal sean a menudo, a la vez, más asfixiantes... No es fácil el equilibrio.

Pero, desde luego, algo hay que cambiar desde la situación actual. Las residencias donde ingresan las personas mayores, desprovistas de su red personal y muchas veces a muchos kilómetros de distancia, implican soledad. Y ello a pesar de los animosos cuidados profesionales, que nunca pueden sustituir a la amistad o a la familia, muchas veces totalmente ausentes de su realidad cotidiana. Unos centros que son necesarios y que cumplen un papel en algunos casos, pero que podrían ser evitados en muchos otros.

Paralelamente, es importante también reconstruir determinados cauces de participación y expresión comunitaria, o instituir dinámicas intergeneracionales, con el apoyo decidido a todo ello desde la educación en la escuela... ¿Y con qué fin? Pues el de buscar una sociedad, a largo plazo, mucho más inclusiva y menos utilitarista, donde las personas se acompañen de forma activa, independientemente de su funcionalidad. Y es que una sociedad que no es inclusiva y que deja de integrar es la antesala de un frío estado asocial y desprovisto de esperanza... Y eso no lo quiero para mí y, por consiguiente, tampoco para ustedes. ¿Nos animamos a pensar algo diferente? Me consta que hay iniciativas por ahí que buscan, precisamente, revertir el alto nivel creciente de soledad no deseada en nuestra sociedad... Me parece que nuestro futuro deberíamos pensarlo en tal sentido...