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Olga Merino

La espiral de la libreta

Olga Merino

El tañido a muertos en la España vacía

El tiempo se lo fabrica uno mismo, de forma atolondrada los más de los días. Por esa razón, el mayor regalo del verano —mejor dicho, de las vacaciones— es la felicidad del tiempo que transcurre tranquilo, como un riachuelo, sin más obligaciones que las autoimpuestas. Qué lejana parece ahora la luz de agosto, los días interminables en una aldea del Pirineo navarro, las mañanas de baños en la poza y las tardes en el comedor, a cobijo del sol despiadado, garabateando acuarelas o leyendo a placer. Solo las campanas advertían del transcurso, con una peculiaridad intrigante: sonaban dos veces para marcar cada hora, separados los toques por un lapso de un minuto, más o menos. ¿Por qué el doble repique? ¿Cuál de los dos marcaba la hora exacta? Daba igual; en el campo solo importa el presente puro. Las campanas, si bien automatizadas, vertebraban el día. Eran el alma del pueblo.

Viene esto a cuento porque la Unesco ha declarado el toque manual de campanas en España patrimonio cultural inmaterial de la humanidad; se conserva todavía una treintena de tañidos distintos. No solo avisaban de la hora de acudir a misa. Las campanas tejían comunidad con un lenguaje que todos los vecinos comprendían: doblaban al alba para indicar el inicio de las tareas agrícolas; el repique de fiesta, bautizo y concejo; el tañido de duelo o el toque a rebato, cuando se aproximaba un peligro, ya fuera un temporal o un incendio. El toque a perdido avisaba de que alguien se había extraviado en los montes. Mi madre y mi abuela sabían distinguirlos casi todos.

Lo malo de medallas y homenajes es que suelen tributarse ya en las últimas, cuando el galardonado se encuentra con un pie en el más allá. En el fondo, las campanas constituyen el paisaje sonoro de la España vacía. Tocan a muerto desde hace bastantes años, al menos desde la década de los 60, el punto álgido del trasvase demográfico del medio rural a las grandes ciudades. Entonces, se oían campanas al respecto, pero no se sabía dónde. O nadie quiso escucharlas.

El gran hueco

Recuerdo que acababa de comenzar la facultad cuando Manuel Vicent publicó en El País una columna titulada El badajo que me deslumbró. Retengo la fecha exacta porque la recorté y la pegué en una de mis libretas: el 28 de octubre de 1983. Me llamó la atención sobre todo una imagen poderosa, la de España como una campana: hueca por dentro, con un borde metálico, constituido por una periferia abarrotada de gente, fábricas, turistas y tomateras, y en el centro geométrico, el badajo; o sea, Madrid. Para llegar a él, había que atravesar un solar, un silencio y una soledad salpicados de cornejas, barbechos y “pueblos con historia ya deshabitada”. De vez en cuando, algún tractor.

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