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Olga Merino

La espiral de la libreta

Olga Merino

Sobre el micromachismo y otras abstracciones

Como cada año por estas fechas, la Real Academia Española (RAE) admite en el diccionario vocablos acuñados por el uso común, palabras nuevas como conspiranoico, monodosis y micromachismo: el motor imparable de la vida en marcha genera lenguaje. En el último caso, el término micromachismo lo introdujo el psicólogo argentino Luis Bonino Méndez en 1991 para definir conceptos escondidos, expresiones y comportamientos, a menudo involuntarios, que perpetúan la discriminación de las mujeres.

Frases e ideas del tipo: “Hoy te han dejado de niñera” (dirigida a un varón), “¿te ayudo a poner la mesa?”, “es que los hombres son así”, “¿no vas a arreglarte para salir?”. Confieso haber buscado más ejemplos y, la verdad, algunos me han cortocircuitado la cabeza, como el supuesto error de preguntarle a tu sobrina “si ya le gusta algún chico” En fin, habrá que ir afinando para no rabanear; o sea, coger el rábano (de la evidente desigualdad) por las hojas.

El año ha traído otros verbos intraducibles y nuevos. Al menos, para mí.

En inglés. En el mundo anglosajón, el acrónimo tradwife, compuesto por traditional y housewife —o sea, ama de casa tradicional— etiqueta a una extraña subcultura que aboga por la sumisión absoluta al marido, un modelo de mujer sin más expectativa que la crianza de los hijos, tener la cena lista y los pantalones planchados. Muy de años 50, de anuncio norteamericano de electrodomésticos con faldita evasé. Están en guerra contra un feminismo radical que, dicen, pretende llevarlas por el camino equivocado. Allá cada quien con sus deseos; por lo menos, tienen la libertad de elegirlos.

En alemán. Si wanderlust expresa la pasión por caminar o vagar, fernweh se refiere a un deseo aún más ferviente, que puede causar dolor en el pecho, un anhelo enfermizo de viajar, de buscar horizontes lejanos. Supongo que los alemanes han desempolvado la voz después del confinamiento por el coronavirus, cuando bajar al súper parecía la más arriesgada de las expediciones.

En japonés. Puede que no logre registrar en el disco duro estas tres palabras, pero el concepto que envuelven ya me ha conquistado: kikubari se refiere a la habilidad de hacer la vida más fácil a los demás, sin aspavientos; iyasareru, que parece euskera, expresa el efecto placentero y relajante que producen las cosas sencillas, como tomarse una infusión caliente mientras diluvia fuera; y reciben el nombre de kakizome las primeras palabras que escribimos a mano al empezar un nuevo año, a modo de propósitos o deseos. Las tres aparecen en Hanakotoba, el lenguaje de las flores. Pequeño diccionario japonés para las cosas sin nombre, compilado por Alex Pler.

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