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José Manuel Otero Lastres

Secretos de alcoba, no muy ocultos

No serán pocos a los que pueda parecerles engañoso o, por lo menos, impreciso, el título de la presente reflexión. Y es que en las acepciones de la palabra “secreto” se alude invariablemente al carácter reservado, sigiloso, escondido, ignorado, u oculto del hecho, conocimiento o dato que se tiene por tal. Por eso, hablar de un “secreto” que no está muy oculto parece que puede contradecir, al menos en parte, los significantes de dicha palabra. Pero, como verán, el título responde perfectamente al contenido, porque voy a hablarles de cierta costumbre matrimonial que no era del todo secreta, al menos para el círculo más íntimo de la pareja. Porque olía quedar encerrada en la intimidad del dormitorio y solo rebasaba sus paredes ya fuese por indiscreciones de los propios interesados, ya por infidencias de terceros.

Por otra parte, el hábito del que voy a hablarles era bastante frecuente en la generación de nuestros padres; se daba raramente en nuestra generación raramente; y actualmente tengo la certeza de que es tan poco habitual que ha desaparecido. Pero a pesar de que actualmente pueda haber caído en desuso creo que se trata de una práctica que merece una reflexión, cuando menos literaria, tanto por los motivos a los que podía obedecer como por su significado para cada uno de la pareja.

Me refiero a la costumbre de algunas mujeres (de que la tuvieran los maridos no tengo ninguna noticia) de escoger la ropa que habría de ponerse cada mañana su marido. Sobre esta cuestión, me van a permitir que cite unos pasajes excelentemente escritos por el genial Gabriel García Márquez en esa novela magistral —para mí la mejor que ha escrito— que es El amor en los tiempos del cólera.

“Desde el regreso de viaje de bodas —escribe Gabo— Fermina Daza escogía la ropa de su marido de acuerdo con el tiempo y la ocasión, y la ponía en orden sobre una silla desde la noche anterior para que la encontrara lista cuando salía del baño. No recordaba desde cuándo empezó también a ayudarlo a vestirse, y por último a vestirlo, y era consciente de que al principio lo había hecho por amor, pero desde hace unos cinco años atrás tenía que hacerlo de todas maneras porque él no podía vestirse por sí solo”.

“Acababan de celebrar —prosigue el autor— las bodas de oro matrimoniales, y no sabían vivir ni un instante el uno sin el otro, y lo sabían cada vez menos a medida que se recrudecía la vejez. Ni él ni ella podían decir si esa servidumbre recíproca se fundaba en el amor o la comodidad, pero nunca se lo había preguntado con la mano en el corazón, porque ambos preferían desde siempre ignorar la respuesta. Ella había ido descubriendo poco a poco la incertidumbre. Por eso no lo trataba como a un anciano difícil sino como a un niño senil, y aquel engaño fue providencial para ambos porque los puso a salvo de la compasión”.

Y añade: “Otra cosa bien distinta habría sido la vida para ambos, de haber sabido a tiempo que era más fácil sortear las grandes catástrofes matrimoniales que las miserias minúsculas de cada día. Pero si algo habían aprendido juntos era que la sabiduría nos llega cuando ya no sirve para nada”.

Es cierto que tener gusto al vestirse no es patrimonio exclusivo de ningún sexo, pero no lo es menos que la distinción y la elegancia son virtudes que anidan más en las almas femeninas que en las masculinas. Lo que antecede no significa, en modo alguno, que no haya también hombres elegantes. Seguramente muchos de ustedes habrán pensado en la figura de Petronio conocido en el círculo de los íntimos del emperador romano Nerón como “arbitrer elegantiarum” (árbitro de la elegancia), debido a su estilo exquisito, su refinamiento y buen gusto. Sobre Petronio escribió Tácito (Anales. XVI, 18, 2) “que Nerón solo reputaba agradable y fino lo que Petronio le había aconsejado”. Pero fuera de este caso singular, creo que no es erróneo afirmar que la mayoría de nosotros tenemos un gusto normal, pasable.

Por eso, que Fermina Daza asumiera la tarea de escoger cada noche la vestimenta de Juvenal, parte de cuyos estudios de medicina los había cursado en París, lo que hace suponer conociera de los gustos del vestir, puede considerarse más un abuso de comodidad por parte del marido que una asistencia imprescindible de ella para suplir una carencia. Gabo llega a plantearse si esa servidumbre de Fermina hacia Juvenal se fundaba en el amor o en la comodidad. Y responde que “nunca se lo habían preguntado con la mano en el corazón, porque ambos preferían desde siempre ignorar la respuesta”. Al igual que el Nobel colombiano, prefiero la incertidumbre de la respuesta que una contestación aderezada con el ingrediente de la compasión.

No relata nada García Márquez sobre si Juvenal Urbino estaba de acuerdo o no con que su mujer le eligiera la ropa de cada día. A mí me parece que si lo admitía, ya fuera por comodidad o porque era una forma de dejarle a Fermina que le mostrara de ese modo su amor, creo que pagaba un alto precio por ello. Porque considero que hay mejores maneras con las que mostrar el amor que con la elección de la indumentaria. En ningún caso, es bueno, además, fomentar la habitual comodidad masculina.

Y es que estoy firmemente convencido de que las muestras de amor entre la pareja que se adentra en la senectud es mejor reservarlas para ayudar con todo cariño a taponarse mutuamente las goteras de la vejez; esas que Gabo describe como los trastornos de humor, las fisuras de la memoria, y hasta la posible costumbre de sollozar dormido. Llegados a esa edad, los defectos tienden a acentuarse y es entonces cuando hace falta más generosidad, ternura y amor para continuar viviendo felices en armonía.

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