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Joan Tapia

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Joan Tapia

Con la guerra a cuestas

Mi último artículo de 2022 debe analizar lo que nos deparará 2023 tras el gran cisne negro de la invasión de Ucrania. En el país que en 1917 instaló el comunismo, su final no ha conducido a la democracia, sino a un régimen despótico, corrupto y autoritario que se alimenta de un nacionalismo resentido y agresivo.

El Putin de 2022 recordaba al Hitler de 1938, cuando las democracias cedieron en el Pacto de Múnich. Pero esta vez no ha sido así. Estados Unidos y Europa han plantado cara y el pueblo ucraniano ha sabido resistir pese a las grandes penalidades. Y países como Suecia y Finlandia, para proteger su libertad, han abandonado su tradición de neutralidad, con lo que la Alianza Atlántica se ha fortalecido.

Invadiendo Ucrania, Putin ha cometido —aparte de grandes crímenes— un descomunal error, y las democracias han demostrado que, pese a sus debilidades —la UE sigue sin ser un Estado—, tienen arrestos para hacer frente al nacionalismo agresivo y autoritario.

Pero, 10 meses después, parece que vamos a tener que vivir con la guerra de Ucrania a cuestas. En un mundo más peligroso, porque Rusia, pese a que se ha visto que tiene los pies de barro, es una potencia nuclear, y Putin, un dirigente nada fiable. Y económicamente más incierto. Occidente ha castigado a Putin con un bloqueo económico que va a hacer retroceder los beneficios de la globalización y a perjudicar seriamente a Alemania y Europa. La escasez de gas y una inflación que ha alcanzado los dos dígitos a ambas orillas del Atlántico han sido las primeras consecuencias.

Al acabar 2022 parece que la situación es grave, pero menos de lo temido la pasada primavera. Y que Alemania y Europa podrán capear este invierno gracias a las importaciones de gas licuado y a que los gobiernos —pese a la alta inflación y las inevitables subidas de tipos del BCE— están adoptando medidas de apoyo para evitar un desplome del consumo de las familias y de la economía. Pero inyectar dinero para sostener la economía —lo que hacen los gobiernos europeos y España— no es fácil de compaginar con la política del BCE, que quiere frenar la economía para evitar que la inflación se convierta en un mal crónico. ¿Hasta cuándo se podrá mantener esta contradicción tan necesaria como imposible?

Putin puede aguantar las sanciones porque Rusia es una dictadura y las protestas son reprimidas sin manías. Pero los países europeos tienen la fuerza y las debilidades de la democracia, y el aumento del paro —que por ahora no se está dando— y la disminución del nivel de vida pueden alentar las protestas populistas. Ya se ha visto en Suecia, en Italia y en Francia. En España, Vox ya es el tercer partido en muchas encuestas.

Además, la situación económica en el invierno 2023-24 puede ser peor porque las reservas ya no se habrán podido reponer con el gas ruso que —con problemas— ha estado disponible hasta el pasado verano.

Habrá que coexistir pues con la guerra de Ucrania, que no parece que vaya a acabar pronto. Rusia ya no puede ganar, pero tampoco perder —tiene el arma atómica—, salvo que el régimen de Putin se hundiera, algo nada probable. Y Ucrania ya no puede perder —la visita esta semana de Zelenski a Estados Unidos lo confirma—, pero tampoco puede ganar. El fin de la guerra parece pues imposible en los próximos meses. Y el mal menor —un armisticio sin tratado de paz como el de Corea, que dura desde 1953— también es difícil. A Putin le costaría admitir un casi fracaso y Ucrania no puede fiarse de Rusia. Además, Zelenski, héroe de la resistencia ucraniana, tiene un objetivo maximalista —la recuperación de todos los territorios ocupados, incluida Crimea— que no es realista. Occidente debe ser consciente de que Ucrania merece y necesita todo el apoyo frente a Putin, pero Zelenski tampoco puede dictar la política exterior ni de Europa ni de Estados Unidos.

La guerra de Ucrania nos aboca a un 2023 muy complicado en múltiples frentes. Estados Unidos y Europa deberán coordinarse más (difícil, incluso con Biden). La UE, avanzar en la unión política, y los países —en especial España—, no deslizarse hacia estériles divisiones internas que les debilitarían. Para Europa, convivir con la guerra de Ucrania no será nada fácil, pero sí obligado.

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