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José María de Loma

Dietario navideño

Cruje la espalda y cruje el ánimo y está uno ahí, encorvado sin saber cómo ha sido todo. Todo ha sido rápido. Agacharse y no poder levantarse. Trato de ganar el sofá y lo que me espera es una noche de dolor y cambios de postura a duras penas. Me pongo un pódcast sobre los vikingos y empeoro. Pruebo con uno sobre Groenlandia y me entra frío. Descubro los de Luis Antonio de Villena, en RNE, que son breves y personales y versan cada uno sobre un escritor. Duran pocos minutos. Ideal. Me zampo unos cuantos y trato de madrugada de salir al balcón. Malísima idea, frío, acentuación de dolor. La noche no avanza pero yo estoy aprendiendo mucho de poesía, lumbago y flujos nocturnos de tráfico. Desayuno dos magdalenas.

Interior día. A primera hora. Mi director abre el cajón y me da medicamentos. Tal ha sido el efecto de verme llegar demasiado abrigado y tambaleante, inseguro, con una mano agarrándome la cintura. Lumbago o ciática. Galgos o podencos. Qué más da. Propone café. Si logro sentarme me sentará bien un cafelazo si es que hay sitio en alguna terraza. Y un churro. Gentío. Ambiente navideño. El dolor se va mitigando, también seguramente porque con la excusa del dolor he aplazado/evitado un par de compromisos engorrosos.

Jornada tres. Escribo un cuento de Navidad que en realidad es una columna. Colecciono cuentos de Navidad. Relatos. Espero ansioso el anual de Ignacio Camacho y el otro día leí el de Francisco García, de La Nueva España, diario de Asturias. El cuento de Navidad tiene una gran tradición en la prensa española, que diría un profesor o un estudioso. A la hora del almuerzo, local plagado de comidas de empresa, mesas largas, algarabías. Muy cerca, en una de ellas, el que fuera gran portero del Málaga, Sevilla y Castellón, entre otros, Fernando Peralta. Hay percebes gallegos, quisquillas de Motril, almejas. Mi hijo observa a Fernando y estamos a punto de romper su tertulia y pedirle un autógrafo. Nos da corte. Largo camino a pie hasta casa, lucerío vigente, la era de las luces, Navidad en su esplendor. Abro el ordenador ya en casa para trabajar y encuentro decenas (bueno, muchas, no decenas) de felicitaciones de diverso signo, procedencia e intención. Preferiría que me mandaran jamones o botellas de vino. Las felicitaciones contienen reproducciones de bellos cuadros religiosos o no. Cada una trae un recuerdo, aunque no faltan las impersonales, de empresa. Ni las cachondas. De madrugada, veo un capítulo de El chófer de Ruiz Mateos. Narran la singular campaña electoral de cuando decidió meterse en política. Me acuerdo del eslogan: Ruiz Mateos, un voto un empleo. Salen muchas imágenes de entrevistas que concedía. Con Andrés Aberasturi, por ejemplo. Tiene todo un aire como de difuso pasado, de noventerismo. Parece otro país. Es el mío no hace tanto.

El entrañable 22. El día de la Lotería en una redacción. Antaño quedábamos muy temprano y no faltaba un copetín de anís tras el café con churros. Llego tarde. Me atizo un descafeinado. Las pantallas de la redacción nos van proporcionando las imágenes del sorteo, hacemos los típicos comentarios sobre la suerte, el amor y los sitios donde toca. Compañeros que van y vienen, la web que se va actualizando, gritos, teléfonos sonando. A mediodía, función en el cole. Hora y media. Dolor de espalda olvidado. El orgullo de los infantes ante sus padres, abuelos y allegados. Todo el mundo toma fotos. Quién las verá dentro de muchos años. Fábrica de recuerdos.

Almuerzo de amiguetes en restaurante recién abierto. Primer día de vacaciones. El lumbago, para el que se lo trabaja.

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