Que el mes de diciembre de 2022 haya sido aquel en el que se han contabilizado más mujeres muertas por violencia machista dirigida específicamente contra ellas, no es un buen comienzo para esta columna. No lo es, porque en la misma se supone que me había propuesto hacer un optimista balance del año que fenece y, sinceramente, desearles el mejor 2023 posible a ustedes. Claro, podría hacer como que nada pasa, y limitarme a ello, cumpliendo el expediente. Pero no sería honesto conmigo mismo... ni con ustedes. Y es que este mes con el que hoy despedimos el año ha sido una cruel y muy gráfica guinda para terminar 2022: Tomen nota, trece mujeres muertas en diciembre. Una locura... 

Haré mías las palabras del ministro del Interior para referirme a ello, al expresar que todas las personas que tienen que ver con el sistema VioGén, que en nuestro país realiza el seguimiento integral a las víctimas de este despiadado delito y lacra para la sociedad, están conmocionadas. No es para menos. En este momento no trabajo en ese ámbito, pero en algún momento sí que tuve que ver con ello, y les aseguro que es muy compleja y delicada la labor interdisciplinar y callada de profesionales muy diversos y muy complementarios implicados en tal tarea. ¿Con qué fin? Pues con el de intentar que la mayor cantidad de mujeres posible pueda sustraerse a esta forma de genocidio, lo cual no es fácil. Y como la vigilancia, el control y la represión es una de las patas en la necesaria ecuación para el éxito, quizá no estaría mal recordarle al ministro, una vez citadas sus palabras, que la cantidad de miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado dedicados a este menester es hoy insuficiente, en un contexto generalizado de recortes que, ya lo sé, afectan también a muchos otros ámbitos de su misión. Por eso una de cal, señor ministro (el hacer referencia a sus atinadas palabras), y otra de arena (vale, pero no recorte usted personal para vigilancias y seguimientos, que los recursos humanos —las personas— son fundamentales en esta labor)...

No podemos tolerar lo que está pasando. Y es que sin ser delincuencia organizada, porque los autores de esta matanza continua son cambiantes, sí que hay un patrón profundamente imbricado en las raíces de una sociedad enferma. Y que, como tal, es en cierta forma responsable de lo que ocurre. No las personas concretas ajenas al hecho delictivo, claro, pero sí la concatenación de elementos que llevan a cada asesinato, fuertemente coincidentes muchas veces y que, como siempre digo cuando me refiero a lo conceptual en lo sociológico, están referidos a prácticas, ideas, creencias y actitudes muy enraizadas en nuestro grupo humano. A partir de aquí, tendrán que ser los especialistas los que diriman qué pasa que propicia este clima violento contra las mujeres, qué no y cuál es la mejor estrategia para desmontarlo, pero lo que está claro y que cualquiera puede ver es que existe tal patrón, tal concepción ideológica, tal sesgo en la relación patológica entre muchos hombres con muchas mujeres... Y todo ello a pesar de que, desde determinados estamentos políticos, esto a veces se intente difuminar e intentar meter en el saco de problemas más generales. No, la violencia de género es específica en cuanto a sus motivaciones, métodos y, sobre todo, víctimas. Y no cabe la ambivalencia ni la ambigüedad. Ni la tibieza. Hay que actuar. Y lo digo con convencimiento, sabedor de que hace muchos años que esto se aborda y de que en muchísimas ocasiones se aborda bien. Pero, lo dicho, hacen falta más medios y mecanismos potentes para trasladar a la sociedad que no existen ni matices ni “juego político” con ello. Hay que seguir perseverando, y potenciar los esfuerzos para que esto no pase más. Porque, han sido trece mujeres en diciembre a las que han matado en nombre de un supuesto amor que se les profesaba. Patético. Repugnante. E intolerable...

Bueno, y después de decir todo esto, entiendan que no esté para demasiada lírica... Por eso he preferido titular mi artículo “¿Feliz 2023?”, antes que “¡Feliz 2023!”. He preferido la interrogación a la interjección, porque no sé si podemos empezar el día 1 de enero siendo muy felices, por todo lo que les he contado y, también, por las actuales circunstancias socioeconómicas para muchas familias, o por tanto sufrimiento que sigue existiendo alrededor de una sociedad cada vez más impermeable al mismo... Aún así, déjenme que saque fuerzas de flaqueza, ponga mi mejor cara y les desee, sinceramente, que tengan un buen año 2023. Repleto de trabajo, como ven, en temas cruciales como el que hoy nos ocupa y nos lastima, pero caminando con optimismo, desde la empatía y la solidaridad. Les deseo lo mejor, y que a la vuelta del Rubicón de esta medianoche, volvamos renovados, ilusionados, y deseosos de toneladas de consensos para edificar, de la mejor forma posible, un mundo nuevo que nos necesita y en el que todas y todos somos indispensables, le pese a quien le pese por ignorantes machismos y aberraciones similares.

¿Feliz 2023? ¡Feliz 2023!