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Juan José Millás

El trasluz

Juan José Millás

Intercambios

En la administración de lotería, delante de mí, había una señora que, al llegar su turno, mostró una receta de Orfidal. La lotera le dijo de buenas maneras que eso era de la farmacia y la señora se dio la vuelta con expresión de desconcierto. Yo cobré un décimo de Navidad en el que me había tocado el reintegro y al salir a la calle me encontré con la mujer de la receta en medio de la acera mirando a un lado y a otro, como si no supiera a dónde ir.

–Si quiere —le dije—, la acompaño a la farmacia.

–Bueno —admitió.

Mientras caminábamos, intenté entablar con ella un diálogo que no fluyó. Me llamó la atención una frase que pronunció un par de veces: “Me pasa algo, pero no sé qué es”. A mí me pasan con frecuencia cosas que ignoro cómo definir, incluso cómo describir, y lo peor es que van en aumento. Llegará el día en que, en vez de pasarme cosas sueltas, me ocurran todas a la vez y quizá entonces vea la luz.

Cuando llegamos a la puerta de la farmacia, me dio las gracias y se perdió en su interior. Yo permanecí fuera, por si volvía a necesitar mi ayuda al salir. Como tardaba mucho, me asomé y vi que discutía con el farmacéutico. Entré a ver qué ocurría y observé que la señora, en vez de mostrar la receta de Orfidal, tenía ahora en la mano un décimo de lotería que acababa de sacar del bolso. Traté de explicarle la situación, pero nos miraba alternativamente al farmacéutico y a mí como si no entendiera nada.

Consulté entonces en internet, a través del móvil, el número de la lotería y vi que no tenía ningún premio.

–Quédese con el décimo —sugerí al farmacéutico— y dele a cambio una caja de Orfidal.

–No le puedo dar un ansiolítico sin autorización del médico —adujo.

–Venga, hombre, por una caja no pasa nada.

Al final, como empezaba a organizarse cola, el dependiente cedió y salimos del establecimiento habiendo resuelto al menos la mitad del problema. Luego, la mujer se empeñó en volver a la administración de lotería para cobrar, dijo, la receta, y no tuve otra que acompañarla, pero esta vez la dejé en la puerta y hui de allí en defensa propia. Al rato volví y ya no estaba. Me matan los remordimientos.

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