La acepción gramatical 3 de la palabra “proposición” es “tradicionalmente, oración que se une mediante coordinación o subordinación a otra u otras proposiciones para formar una oración compuesta”. En las líneas que siguen voy a tomar una proposición y reflexionaré sobre lo que han dicho de ella dos escritores de primerísimo nivel separados entre sí por cuatro siglos: Francisco de Quevedo y Antonio Machado.

Aunque la proposición sobre la que se pronunciaron ambos fue el primer mandamiento: “Amar a Dios sobre todas las cosas”, el contexto en el que llevan a cabo su respectivo análisis es diferente.

Quevedo se refiere a ella en su obra Los Sueños, escrita entre 1606 y 1610, y más en concreto en El sueño del juicio final. Escribe Quevedo: “Llegó tras ellos un avariento a la puerta y fue preguntado qué quería diciéndole que los diez mandamientos guardaban aquella puerta de quienes no los hubieran guardado; y él dijo que en cosa de guardar era imposible que hubiera pecado. Leyó el primero: Amar a Dios sobre todas las cosas y dijo que el solo aguardaba a tenerlas todas para amar a Dios sobre ellas”.

Los estudiosos de la obra de Quevedo hablan de que en él convivían dos personalidades: un hombre serio, asceta, místico y político y otro satírico, divertido, alegre y luminoso. Pues bien, tengo para mí que su comentario sobre el citado primer mandamiento proviene de su dimensión satírica. En efecto, parece que en el comentario que pone Quevedo en boca del avariento hay una crítica mordaz (sátira significa “discurso o dicho agudo, picante y mordaz, dirigido a censurar o ridiculizar”) sobre el texto literal del mandamiento.

Hablo de crítica mordaz, cuando existen diferencias entre la sátira y la crítica. Así, el fallecido académico de la lengua, M. Fernández Almagro, refiriéndose a Clarín escribió que estamos ante dos conceptos diferentes: en la crítica —señala— hay una valoración intelectual que es lo que la falta a la sátira atenta a los defectos del hombre o la obra, razón por la cual el satírico se parece mucho al caricaturista.

No soy quien para discrepar de tan importante autor. Pero pienso tanto en la crítica como en la sátira puede haber una valoración negativa, menos mordaz o caricaturesca en la primera que en la segunda, pero negativa en cualquier caso. Por eso, en la valoración que hace Quevedo del primer mandamiento parece haber una reducción al absurdo que impregna su opinión del tono satírico que predomina sobre todo lo demás.

Por su parte, Antonio Machado comenta el citado mandamiento en su obra Juan de Mairena, concretamente en el apartado II “Habla Juan de Mairena a sus alumnos”. Y escribe: “Amar a Dios sobre todas las cosas —decía mi maestro Abel Martín— es algo más difícil de lo que parece. Porque ello parece exigirnos: primero, que creamos en Dios; segundo, que creamos en todas las cosas; tercero que amemos todas las cosas; cuarto que amemos a Dios sobre todas ellas. En suma: la santidad perfecta, inasequible a los mismos santos”.

Como puede observarse, Machado analiza el mandamiento con una doble pretensión, muy propia de los docentes, como lo era él: desmenuza y descompone todos sus frases para reflejar la dificultad del mandato divino, que equipara a la santidad perfecta que, por lo mismo, es incluso inalcanzable para los mismos santos.

Por mi parte, considero que para descubrir el alcance del mandamiento lo primero que debe hacerse es no tomarlo en su estricta literalidad. Como dice José María Rodríguez Olaizola “Amar a Dios sobre todas las cosas no significa amar solo a Dios o amarlo más (porque hay realidades, y sobre todo personas, a quienes amas con todo tu ser, y no crees que puedas amar más que eso). Quizás significa amarlo en todas. O que allá donde amas de verdad puedas aprender a descubrir el reflejo del Dios que es amor. Es —añade— aprender a descubrir cómo, en muchas dimensiones de nuestra vida, el amor inmediato es solo un camino hacia el Dios que es principio y fundamento”.

Lo hasta aquí dicho permite extraer la conclusión de que, aunque la interpretación que parece más fidedigna es la literal, hay veces —y no son pocas— que conviene averiguar el sentido o alcance del mandamiento. Los dos eximios autores mencionados parten del texto literal del mandato y como su propia letra conduce a un resultado demasiado estrecho desbordan sus límites con dos recursos intelectuales diferentes. Quevedo, como ya se ha dicho, haciendo uso de la caricatura, de la sátira. Y es que es verdad que, de acuerdo con el tenor lógico del mandato, para poder amar a Dios sobre todas las cosas haya que tener primero todas las cosas para estar después en disposición de poder cumplir el precepto. Machado, situado también en la perspectiva de la literalidad, va descomponiendo el mandato teniendo a la vista sus distintos presupuestos hasta conducirnos a la imposibilidad de su cumplimiento intelectual.

Entiendo, por eso, que el que acierta es el padre Rodríguez Olaizola que trata de indagar el sentido del mandamiento averiguando cuál es su alcance, lo que le hace adquirir todo sus sentido. La Biblia, como es sabido, recurre frecuentemente al lenguaje simbólico. Lo cual invita más a una labor de interpretación que a quedarse en la literalidad de sus palabras. Como ha escrito el crítico canadiense Northrop Frye la Biblia es “la mayor influencia informante sobre el simbolismo literario”. Razón por la cual, al contrario que Quevedo y Machado, considero prudente optar, no por la literalidad del mandamiento analizado, sino por una indagación del contenido incluido su carácter simbólico.