Estoy seguro de que habrá entre ustedes numerosos lectores de la obra de Quevedo y de que no serán pocos los que disfruten con sus obras festivas, como la titulada Desposorios entre el casar y la juventud. En este relato breve, nuestro genial autor se divierte casando entre sí distintas palabras (más bien los conceptos que representan) y señalando los hijos que tuvieron. Así, escribe, por ejemplo, que “el Casar se desposó con la Juventud y de este matrimonio tuvieron dos hijos que nacieron de un vientre: al primero llamaron Contento y al segundo Arrepentir y murió la madre de este parto”.

El relato continúa con otras bodas semejantes, pero para lo que quiero contarles me basta con parafrasear a nuestro genio del Siglo de Oro y hablarles de otro desposorio actual y de los hijos que tuvieron.

Y así, en una fría mañana de otoño el Fardón se desposó con la Desvergüenza. Él era arrogante, ostentoso, amigo de llamar la atención, y estaba dominado por un deseo excesivo en exhibirse. Desvergüenza no le iba a la zaga, era insolente, atrevida y carecía de pudor.

Nunca como en ese desposorio se hizo mas cierto el refrán “de tal palo tal astilla”, porque los dos hijos que tuvieron respiraron desde su nacimiento el aire de la notoriedad: fueron concebidos para alojar en sus entrañas millones y millones de usuarios que subían sin cesar contenidos de estos visitantes.

Al primero lo llamaron Facebook y al segundo Instagram. El mayor, Facebook, nació como una red social, con la finalidad de conectar, como si se tratara de múltiples grupos de telarañas, a un gran número de personas para compartir entre sí información, noticias y contenidos escritos o en medios audiovisuales. Los usuario de dicha red dieron en llamarse “amigos de Facebook”, un nuevo género de amistad, aunque algunos son familiares, otros amigos de toda la vida, allegados y otros —los más—, desconocidos, al menos inicialmente, y que, a medida que transcurre el tiempo y se intensifica su presencia en la red, van reforzando la relación, llegando en algunos casos a lo que fuera de la red se considera verdadera amistad.

La amplitud de los contenidos que se comunican entre sí los usuarios de esta red social posibilita que transiten por la red contenidos muy variados, desde los que poseen carácter informativo, los formativos porque aportan conocimientos hasta noticias puramente personales que carecen de interés general, ya que sus verdaderos destinatarios son los más allegados al usuario que sube el contenido.

Por eso, el contenido de Facebook es muy desigual. Puede servir para divulgar fundadas opiniones de verdaderos conocedores de la materia en cuestión hasta contenidos más ligeros como fotos de paisajes y de personas que comparten con los demás sus andares por el mundo. También están teniendo un extraordinario valor como hemerotecas audiovisuales que contienen declaraciones de distintos personajes que quedan atrapadas para siempre en la red y que podrán visionarse cuando se desee acudiendo simplemente a un buen motor de búsqueda.

El segundo hijo, Instagram, al tener los mismos padres que Facebook —de los que más tarde diré algo— tenía que ser también una red social. Pero a diferencia de su hermano mayor, su contenido principal es diferente y más reducido. Su misión es compartir fotos y vídeos de corta duración, y se tiene la posibilidad de interactuar con las publicaciones de otras personas.

Solo un desposorio entre dos grandes descarados, como el Fardón y la Desvergüenza, podía haber engendrado esos dos grandísimos instrumentos de divulgación y explican la variedad de los usuarios que navegan por esas dos redes sociales.

Los usuarios de Facebook e Instagram son de todo tipo y condición, entre los que cabe enumerar ejemplificativamente los siguientes. Vanidosos, arrogantes y egoístas que solo suben contenidos que se refieren a ellos mismos, como personas. Suelen subir fotos personales con la única pretensión de que los demás aplaudan, y los recompensen con un “me gusta”. Hay también —y más de lo que podría parecer— usuarios aquejados de soledad que buscan sobre todo compañía, compartir con los demás destinatarios momentos de su vida que ya no tienen con quién compartirlos. Hay otros que comparten sus creaciones de todo tipo, literarias, pictóricas, dibujos con o sin historietas, que nos proporcionan momentos de goce intelectual y que, a veces, nos arrancan sonrisas. Los hay también que suben contenidos musicales y obras audiovisuales de humor que en función de su calidad suelen tener un largo recorrido. Y los hay que son expertos en el mundo animal o vegetal y que nos ilustran sobre sus especialidades. Finalmente, las redes se utilizan como instrumento para difundir información, ya del titular del sitio, ya sea de terceros.

No deja de extrañar que en una época en la que los derechos constitucionales a la intimidad y a la propia imagen están tan fuertemente protegidos puedan tener tanto éxito las redes sociales. Creo que solamente un matrimonio constituido por verdaderos diletantes del vedetismo y del “pantallerismo”, como el Fardón y la Desvergüenza podían haber engendrado estos dos hijos, los cuales cuentan con millones de usuarios que demuestran la capital importancia que tiene la libertad.

Y es que así como guardamos celosamente nuestra intimidad y la preservamos ante cualquier vulneración no consentida de la misma, abrimos voluntariamente nuestra vida de par en par cuando navegamos por esas redes. Diría más: en esos hijos de los dos desposados, los usuarios damos mucho, algunos creo que hasta excesivamente, por la razón de que lo hacemos en un ámbito de plena libertad sin que haya una autoridad que nos lo imponga.

Godfried Bogaard, experto en redes sociales, ha escrito “en el pasado eras lo que tenías. Ahora eres lo que compartes”. Puede que haya un poco de exageración, los hijos del Fardón y la Desvergüenza han tenido tanto éxito que han generado una especie de nuevo signo de distinción: “solo es alguien el que comparte contenidos, incluso aspectos de tu intimidad”.