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Diana Negre

¿Una trampa para Putin?

Desde que Rusia invadió Ucrania el pasado febrero, la sorpresa ha sido constante: ni unos entendían claramente la motivación de Moscú, ni casi nadie creía que los ucranianos podrían resistir el ataque de un vecino mucho mayor y más fuerte.

Con casi un año de perspectiva, da la impresión de que Putin haya caído en una trampa que le ha tendido la OTAN y que el pacto defensivo occidental llevaba ya tiempo preparándose para lo que ha ocurrido: los ucranianos estaban mucho mejor preparados militarmente de lo que en general se esperaba y las ayudas bélica y económica occidentales han sido importantes y decisivas para evitar la derrota ucraniana, al menos por ahora.

Esta lucha no es nueva, como podemos imaginar pensando en un David ucraniano y un Goliat ruso, pero algunos tienen la sensación de que David no es tan pequeño gracias al apoyo de países ricos y con armas superiores, mientras que Goliat sufre hoy de las mismas desventuras que el gigante bíblico.

A pesar de las victorias a las que ya estamos acostumbrados por parte ucraniana, no hay ninguna garantía de que la situación se les mantendrá tan favorable: a pesar de todas sus limitaciones, Rusia es un territorio gigante y su reserva en hombres y en armas es mucho mayor que la ucraniana, lo que puede tener un efecto a largo plazo favorable a Moscú.

En contra de esta perspectiva optimista para Rusia, está la realidad de los rápidos avances tecnológicos y la superioridad occidental en este terreno, algo que tiene una influencia mucho mayor ahora que en las guerras de hace menos de un siglo, cuando la alta tecnología y las telecomunicaciones estaban en su infancia.

Quizá esta guerra cambie los planteamientos en cuanto al equilibrio de fuerzas con el nuevo peso de los avances científicos.

Aunque los líderes occidentales se profesan asombrados por las acciones rusas, desde el punto de vista de Moscú su actuación está más justificada: al acabar la Guerra Fría, la OTAN indicó a Moscú que respetaría su esfera de influencia y poco más tarde, una vez que la Alianza Atlántica admitió a los países del Pacto de Varsovia, aseguró que no habría más ampliaciones hacia el Este ni más cantos de sirena para los países que rodean a Rusia.

No es eso lo que ocurrió, ni en Georgia ni en Ucrania, cada uno a otro lado del Mar Negro: el coqueteo de la OTAN con Ucrania, el país en que los rusos tenían el único acceso a un puerto de agua cálida en Crimea, lleva ya tiempo y hace pensar a los rusos que el mayor país de Europa y uno de los mayores graneros del mundo no solo dejará de ser su amigo, sino que ni tan solo será neutral.

Es cierto que los acuerdos internacionales tan solo acostumbran a respetarse cuando interesan, pero en este caso a Rusia todavía le interesa el equilibrio de fuerzas anterior y no está dispuesta a abandonarlo.

Es probable, o más bien seguro, que Ucrania viva mejor bajo la tutela occidental, pero la geografía es una realidad inmutable y se trata de un país muy próximo a Rusia y con una importancia económica y estratégica que ningún líder ruso quiere dejar escapar. Son los intereses nacionales, distintos para cada uno, y reales para todos. Por mucho que de cuando en cuando algunos traten de olvidarlos.

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