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Albert Sáez.

El año (electoral) que empieza hoy

En las sociedades avanzadas como aún es la nuestra, la Navidad implica un paréntesis de unos 15 días en los que la actividad oficial y empresarial, salvo la comercial, sufren una ralentización en favor de las relaciones personales y familiares. De manera que una vez definidos los propósitos en ese ámbito, para muchos hoy es una especie de arranque de curso, de nueva etapa después de este paréntesis. El mundo político internacional no lo encontraremos mucho mejor que lo dejamos. La locura de Putin sigue en marcha sin que haya, por ahora, síntomas de un final inminente de la guerra en Ucrania. Su reguero en la comunidad internacional, en forma de inflación, parece bajo control pero a costa de un aumento del gasto público en forma de ayudas y subvenciones que amenaza a medio plazo con desequilibrar el déficit de los estados y larvar una nueva crisis de deuda. La inestabilidad rusa genera también reacciones en cadena, como en el caso de China, y deja a Estados Unidos en una permanente crisis de identidad, como se acaba de demostrar en el espectáculo de la elección de la presidencia de la Cámara de Representantes.

A nivel doméstico, este será un año de sobrexcitación electoral. La convocatoria municipal y autonómica en mayo y la de las Cortes Generales a finales de año ya lleva meses marcando la acción de nuestra clase política, quizás en exceso. Lo cierto es que esta batalla está muy abierta. El desenlace en València, Castilla-La Mancha, Extremadura o Aragón inclinará la balanza entre PSOE y PP de cara a las elecciones generales. Los partidos no solo se juegan la cuota de poder sino también el futuro de sus liderazgos. Sánchez confía una vez más en su suerte. Y Feijóo en la inercia. Esta distracción en medio de una crisis como la de Ucrania, lo que puede generar es una herencia envenenada.

Finalmente, está Barcelona, que se mueve entre la nostalgia de un pasado que no volverá y el futuro que algunos quieren determinar en lugar de administrar. Este 2023 es el momento de dejar de ver la ciudad como una finca de los bisabuelos de algunos o el campo de batalla revolucionario de los tatarabuelos de otros, para entenderla como lo que es: una de las conurbaciones más complejas y admiradas de Europa.

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