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Ánxel Vence

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Gente sin mucho que hacer

Las redes sociales, como el populismo, dan poco trabajo. Basta echar un ojo a los países donde más las frecuentan los ciudadanos para caer en la cuenta de que el campeón mundial es Brasil. Cuatro horas y treinta minutos al día —media jornada laboral— se pasan los ciudadanos de ese admirable país picoteando en Twitter, en Facebook, en Instagram o en TikTok, por citar solo las más populares.

A no mucha distancia de los brasileiros se clasifican los vecinos de Colombia, México y Turquía, según un reciente informe de cierto organismo internacional. Otros estudios, como el de Global Web Index sitúan en primer lugar a Nigeria e incluyen en su top ten a Ghana; pero los diferentes nombres no desdicen el fondo de la estadística.

Los que menos pierden el tiempo en Twitter y demás pajareras son, por el contrario, los ciudadanos de Japón, Alemania, Francia, los Países Bajos y Suiza; naciones con fama, cierta o no, de practicar la devoción al trabajo.

De estos datos podría deducirse que la cháchara en las redes sociales exige, ante todo, tiempo libre suficiente. Lugares con mucho paro en los que la gente no tenga gran cosa que hacer serían los ideales. Hay que apresurarse a decir que España ocupa, contra lo que pudieran pensar los malpensados, un tranquilizador decimoquinto puesto en la lista.

Quizá por eso la palabra “enredar” signifique, entre otras cosas, “entretener, hacer perder el tiempo” y “meter discordia o cizaña”. Las dos definiciones se ajustan perfectamente a lo que sucede en las redes donde tanta gente anda enredada.

Números aparte, lo peor del caso es que las redes sociales constituyen la principal fuente de información —llamémosla así— para una mayoría de usuarios. De acuerdo con el Instituto Reuters, busca ahí las noticias una masa de personal que vendría a ser el doble de los que prefieren medios clásicos como la prensa. Los informativos de la tele resisten algo mejor la mudanza de la clientela a internet, pero también van cediendo.

El dato es alarmante en la medida que las redes sociales son el reino natural de los bulos, ahora conocidos por el más largo nombre de fake news. No será casualidad que se llame “viralizar” a la forma en que se propagan por internet estos chismes sin fuente ni fundamento.

Al igual que en una epidemia —y con parecido efecto tóxico—, la propagación del virus de la desinformación se hace por medio de todo aquel que recibe una “noticia” más o menos imaginaria en su WhatsApp, su Facebook o su Twitter y, sin pararse a comprobarla, la retuitea o la remite a todos sus contactos. Estos multiplicarán a su vez la difusión hasta convertir el bulo en epidémico.

No ha de sorprender, por tanto, que los países más vulnerables a estas nuevas plagas de los bits y los bots sean precisamente aquellos con menor grado de desarrollo socioeconómico. O que los ciudadanos de naciones más prósperas, ocupados en trabajar, pierdan menos tiempo de su vida en las redes sociales.

Puede que todo esto sea el resultado de la ociosidad, a la que tradicionalmente se reputaba de madre de todos los vicios. Ahora son las redes las que atrapan a la gente sin nada mejor que hacer. Con lo bien que se socializa en los vinos, no deja de ser una pena.

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