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Japón da carpetazo al pacifismo

Japón dio por finalizado el pacifismo inscrito en la Constitución impuesta por Estados Unidos como potencia ocupante tras la derrota nipona en 1945. El Gobierno ha aprobado una importante reforma de su política de defensa por la que se duplicará el presupuesto militar desde el habitual gasto en las últimas décadas del 1% del PIB hasta alcanzar el 2% en 2027. Con ello, la tercera economía del mundo se dota del tercer presupuesto militar tras los de EEUU y China, da un salto de gigante para convertirse en un destacado actor geopolítico y entra de lleno en la nueva era pos Segunda Guerra Mundial.

Hace años que Tokio busca no tener una defensa tan dependiente de las tropas estadounidenses acantonadas en Japón: 58.000 efectivos, el mayor despliegue militar exterior de EEUU en un solo país. El 70% de estas se encuentra en Okinawa, que hace décadas que pide al Gobierno nipón una reducción de la presencia militar, pero el Pentágono considera este archipiélago un importante punto estratégico frente a una eventual respuesta inmediata a una crisis en la península de Corea o en el estrecho de Taiwán.

Según el primer ministro Fumio Kishida, Japón ha llegado a “un punto de inflexión” ya que hay movimientos en el entorno de su vecindad que “pretenden cambiar de forma unilateral y por la fuerza el actual statu quo”. Aseguró que su Gobierno está dispuesto a tomar todo tipo de medidas, desde diplomáticas a militares, para hacer frente al reto que representa China, “el mayor desafío de la historia”.

Japón reclama alcanzar su normalidad militar, es decir, construir, como los demás países, un ejército con capacidad de ataque, en lugar de las llamadas Fuerzas de Autodefensa, lo que exige cambiar el artículo 9 de la Constitución. Los predecesores de Kishida, sobre todo Shinzo Abe (2009-2020), lo intentaron, pero el pacifismo instalado en la población lo impidió. Sin embargo, el creciente poderío militar de China, las múltiples pruebas de misiles de Corea del Norte, con algunos lanzamientos sobre Japón, la guerra de Ucrania, la tensión en Taiwán y la disputa con China por las islas Senkaku/Diaoyu han llevado a la mayoría de los japoneses a apoyar el incremento de los gastos militares.

Con Japón y EEUU ligados por un Tratado de Defensa mutua, los estrategas señalan que cualquier conflicto entre China y EEUU por Taiwán involucraría a Okinawa. De ahí, que el Gobierno nipón fortifique algunas de las islas de ese archipiélago. Las nuevas instalaciones militares tienen como objetivo dificultar el acceso de los buques de guerra chinos al Pacífico occidental.

La reforma de la defensa, aprobada en diciembre por el Gobierno, incluye la creación de un comando conjunto para dirigir las fuerzas aéreas, terrestres y marítimas, la compra de al menos 500 misiles estadounidenses Tomahawk y el desarrollo propio de aviones de combate, drones y un sistema armamentista de defensa y ataque. Japón considera insuficiente su actual escudo antimisiles y quiere tener la capacidad de destruir los silos y lugares de lanzamiento del enemigo.

La actualización de la Estrategia Nacional de Seguridad elaborada en 2013 y otros dos documentos dan cuenta de la nueva visión militar de Japón, que busca reforzar los lazos con Estados Unidos, pero no como un país dependiente sino como un firme aliado, dispuesto a luchar “en un grave entorno de seguridad” por la supremacía de Occidente. En los textos se endurece sensiblemente el lenguaje sobre Rusia y China y se destaca que la cooperación de Moscú y Pekín en Asia supone “una fuerte preocupación de seguridad”.

China, que sufrió la agresión japonesa en el siglo pasado y ahora se enfrenta a la creciente hostilidad de EEUU, ha criticado la nueva postura del vecino país y le insta a “reflexionar sobre su política”. Pekín es el primer socio comercial de Tokio, algo que Washington censura y, como en el caso de Alemania, apremia a ambos países a reducir la dependencia económica y energética de China y Rusia.

La búsqueda de su lugar en el mundo llevó a la diplomacia japonesa en la pasada década a jugar un papel mucho más activo en su entorno y a favorecer la creación de asociaciones con las que aumentar su influencia. Al poder blando, Tokio suma ahora un poder duro con el que reforzar su posición tanto frente a China como en el seno de Occidente, donde los dirigentes nipones quieren insertar el país pese a ser el Imperio del Sol Naciente.

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