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Salinas

Unas posvacaciones perpetuas

Después del atracón viene la depresión. Bueno, más o menos. Acaban las fiestas navideñas (para quienes las celebren), la vida familiar vuelve a sus cauces habituales, comienzan a ponerse en marcha los buenos propósitos de año nuevo (ir al gimnasio, dejar de fumar...) y los dulces se quedan ya bien cerraditos en la despensa. Fin a los excesos. Vuelta a la normalidad. Y después de unos días de descanso (los que los hayan tenido porque en estos tiempos de precariedad eso es muy relativo) y de vida social desenfrenada, la rutina vuelve así como de sopetón. Y, claro, eso provoca que las defensas bajen; que las ganas de hacer cosas se resientan y que todo comience a hacerse cuesta arriba. Es normal. El mal llamado (ahora me explico) “síndrome posvacacional” es traicionero y espera en cada esquinita del calendario, así como agazapado.

Antes de continuar, una ligera autoflagelación. Lo de depresión, aunque es un término muy extendido para explicar estos bajos del estado de ánimo, también es un exagerado (por mucho que lo recojan los tochos —perdón, los manuales— de diagnósticos mentales) y debería quedar delimitado a etapas o dolencias mucho más serias.

Realizada la acotación, hay una serie de síntomas por los que puede autodetectarse de forma sencilla si uno padece el síndrome de depresión posnavideña. El caso es que transitar por un corto periodo de nuestras vidas en el que vemos lo felices que seríamos sin tener que estar atados al trabajo, pudiendo dedicar todo nuestro tiempo a las actividades que más nos llenan; al deporte; al ocio o a lo que nos dé la real gana, provoca que nuestro cuerpo (y más importante aún, nuestra cabeza) no quiera abandonar un estado ideal o muy próximo a lo idílico. A lo que realmente debería ser nuestra vida si no tuviéramos que estar atados constantemente a un trabajo. Por lo general (puede variar en función de la persona, es verdad eso que dicen de que cada uno es un mundo), suele venir acompañado de síntomas como el de la fatiga, la falta de apetito, la somnolencia o incluso los dolores musculares. Eso desde un punto de vista puramente físico. Desde el plano mental, suelen salir a flote la apatía, la irritabilidad, la tristeza o cierta sensación de inquietud. Lo bueno es que todo este compendio de sensaciones no suele durar mucho. No van más allá de un puñado de días, los suficientes como para poder volver a coger el ritmo. Como antes. Aunque también pueden estancarse, sufrirse de manera continua. Con lo que ya se pasaría a otro tipo de escenario y el síndrome de depresión posnavideño podría acabar convirtiéndose en otro que se define como estar quemado en el trabajo (burnout en inglés) y en el que la apatía y la constante irritabilidad son sus banderas más importantes y las más reconocibles.

Hay síntomas, pero también hay una serie de consejos para sobrellevar o para poder sobreponerse de manera efectiva al síndrome posnavideño. Por su sencillez no merecen más que una mera enunciación acompañada de una mínima definición.

Es aconsejable que la vuelta a la rutina se realice de forma paulatina. Sin prisas. Sin agobios. Para eso es bueno ir retomando alguno de los rituales u horarios laborales en los días previos a la incorporación laboral. Ya de por sí ese es un ejercicio positivo porque permite que la vuelta sea mucho más organizada. No hay que empezar a trabajar de forma muy fuerte. Lo mejor es ir regulando la actividad en la medida en que se pueda y descansar de forma adecuada, lo máximo que nos permitan los estruendosos horarios laborales. Y algo más importante aún y que debería aplicarse siempre es que hay que evitar quedar enganchado en los pensamientos negativos. Esos que enfrentan a las idílicas vacaciones con el horror de la rutina. Los manuales también aconsejan que ese día no se tomen decisiones demasiado importantes de las que luego podamos salir escaldados o de las que podamos arrepentirnos.

La teoría está muy bien, es positiva y aplicable en cualquier momento de la vida, no solo en la vuelta de las vacaciones. El problema es que los ritmos laborales actuales impiden en la gran mayoría de los casos que se puedan poner en práctica. No hay posibilidad de planificar nada, ni de adaptarse poco a poco. Todo es abrupto y la depresión perpetua.

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