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Ángeles González- Sinde.

Ángeles González-Sinde

Escritora y guionista

Un regalo de Reyes

Dice Annie Ernaux en Mira las luces, amor mío: “He dejado de escribir mi diario. Como cada vez que dejo de registrar el presente, tengo la impresión de retirarme del movimiento del mundo, de renunciar a decir no solo mi época sino a verla. Porque ver para escribir, es ver de otra manera. Es distinguir objetos, individuos, mecanismos y otorgarles valor de existencia”.

También yo escribo un diario, aunque no a diario. El modo en el que escribo no suele ser ni escritura automática para vaciar o tomar conciencia de los acontecimientos y pensamientos y revisarlos, ni una reflexión ingeniosa sobre lo vivido, que sería la aspiración secreta y a la vez paralizante de esta vanidosa autora. Escribo… no sé ni cómo ni para qué, porque rara vez los releo (me da repelús volver a mi yo antiguo) pero acumulo diarios desde que soy adolescente, incluso antes.

Mi primer diario tenía una pequeña cerradura con una llavecita dorada, sus cubiertas imitaban piel y tenía grabado en la portada con letra inglesa Mi diario. ¿Quién me lo regalaría? ¿Fue un regalo de Reyes? Me parecía un tesoro sacado directamente de una película, del mundo de la fantasía. Tiene las veinte primeras páginas arrancadas en un ataque de autocensura. Volcaba en ellas mi indignación contra mi madre y en un momento dado ese alivio pesó sobre mi conciencia. Me devolvía una imagen de mí misma poco grata, la de una mala hija, una mala niña. Así que un buen día en que me llené de buenos propósitos (ser buena, es decir no ser yo, sino ser mejor que yo, ser otra parecida a mí, pero no yo era un deseo constante en mi infancia, ser buena como los personajes de los libros, tranquila, obediente, complaciente, justa, templada de carácter, limpia, ordenada, productiva, voluntariosa y alegre), arranqué las páginas y las destruí.

A partir de entonces escribí unas cuantas entradas más en las que imitaba el tono y el estilo de los libros de Antoñita la fantástica que leía mi abuela. Pero yo no era Antoñita la Fantástica, para empezar ni siquiera vivía en su época, la posguerra franquista. Exploraba la escritura personal en un mundo muy distinto. Franco agonizaba y yo atravesaba esa etapa que los pedagogos llaman “el paso del Rubicón”, cuando los críos a los 9 o 10 años vislumbran cambios que anhelan, toman conciencia de que pronto serán mayores, pero también les asusta abandonar la infancia y los juguetes que hace diez minutos descartaron vuelven a ser interesantes. Calculo que empecé a escribir mi primer diario entonces y, aunque en esas páginas demostraba buen oído para reproducir el ritmo, la sintaxis y el vocabulario de Borita Casas, aguanté poco en la diligente tarea de ser otra y abandoné. El diario que es falso no sirve a su fin y muere de muerte natural, o más bien, de inanición.

Pero ¿cuál es ese fin? Como norma general me siento mejor después de haber consignado en el diario lo que sea que consigne: un rastro de lo vivido, un registro de lo inesperado, lo anhelado, lo temido. El diario sirve para aprehender lo que está en el aire y en el cuerpo y carece de consistencia e imagen, es decir las emociones, los vaivenes que nuestro pensamiento y nuestras ideas provocan en el espíritu. Son nuestras opiniones de los hechos las que provocan el insomnio. Mi temor a no tener trabajo o la percepción de que saldré adelante conforman la pauta de sueño. Mis prospecciones sobre el futuro basadas vagamente en el pasado condicionan casi cada segundo del día. Menos cuando estoy escribiendo. Entonces esos fantasmas se concretan y parecen más manejables.

Regalar un diario a una niña o a un niño puede ser regalarle una herramienta para convivir con su intimidad, colocarla fuera de sus tripas y de su cabeza por unos instantes y tal vez conducirle a una tregua consigo mismo. Pero tiene que ser un diario. No hubiera sido lo mismo recibir un cuaderno con el consejo “para que escribas tus pensamientos” que recibir aquel objeto solemne cuya portada ya invitaba a esmerarse y a escribir algo que nada tendría que ver con las redacciones del colegio. El sintagma “mi diario” era en sí un programa: libertad total, expresión de lo auténtico.

Por eso es triste y significativo que decidiera traicionar mi objetivo y arrancara páginas. Aquel diario quedó inconcluso, la mayor parte en blanco porque no me permití la expresión libre, la única que podía haber sido camino de maduración o de reconciliación con quien yo era. Pero no eran bonitas aquellas palabras y la fealdad, aunque solo fuera de pensamiento, estaba reñida con la bondad, condición que creía central para ser aceptada como niña.

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