Les contaré hoy la historia de dos personas que trabajan en el sector de la pastelería, lejos de aquí. Qué más da quiénes son y qué hacen, pero les aseguro que tanto una como otra son verdaderamente buenas en lo suyo. Atesoran una formación de primer nivel y, además, tienen talento. Sin embargo, sus desempeños a día de hoy son francamente diferentes. Tanto, que para mí constituyen un buen ejemplo del tema que quiero plantearles en estas líneas, que no es otro que la enorme diferencia de oportunidades para las personas en función de su origen. O, de forma más general, de la diferencia debido a quién tengan detrás apoyándoles. Una prueba palpable para mí de que el ascensor social funciona verdaderamente muy poco o casi nada en el seno de nuestra sociedad. Todo ello, como siempre, sin otro objetivo que el de suscitar un debate constructivo y apegado a la esencia de las cosas, a los hechos por delante de los prejuicios. Ya me dirán ustedes qué opinan…

El caso es que uno de los pasteleros en cuestión tiene detrás un saneado músculo financiero familiar, que comporta muchas ventajas. Una de ellas, palpable, es la de haber tenido fácil acceso al capital para iniciar y poder llevar a cabo su actividad. Es bueno y, en poco tiempo, sus logros son notorios. Le va bien. Para la otra persona, sin embargo, todo va mucho más lento, y en muchas ocasiones hasta duda de poder conseguirlo. Ha ido comenzando su andadura a través de financiación por cuenta ajena, cara y difícil de obtener, en medio de una situación cambiante y a veces crítica, donde todo no está resuelto ni mucho menos. Va paso a paso, poco a poco, y las incertidumbres del día a día nublan con frecuencia su despegue definitivo. Pero ahí está, intentándolo. Y como tiene talento, confío en que su futuro vaya definitivamente por ahí.

Planteada la realidad de los dos, ¿cuál es el problema?, me dirán ustedes. Para mí no tanto la tan diferente travesía de uno y otro, ya que hemos de asumir que cada familia haga con su dinero o su capacidad de influencia lo que quiera, no siendo extraño, ni mucho menos, que unos padres ayuden a sus vástagos. De acuerdo. Pero, entendiendo que todo es así bien distinto dependiendo de dónde partas, lo que ya me resulta de mal gusto y profundamente injusto es cuando tal fuerte ventaja competitiva se obvia luego de forma deliberada, de manera que se exageran los méritos del protegido, o su capacidad, como si solamente su fuerza, su arrolladora personalidad o sus logros fueran los definitivos a la hora de abordar la etiología de tal situación destacada. No. Las cosas son lo que son, y por lo que son, y a veces —ya que es así— mejor no abundar en ello.

Esa es la sensación que he tenido toda mi vida cuando, refiriéndose a personas con puntos de partida verdaderamente singulares y con un grado de sobreprotección máximo, se nos quieren presentar como “chicos y chicas normales y de su tiempo, brillantes en esto o en aquello”, como si tal comparación fuese procedente. Me pasa por ejemplo cuando se quiere promocionar públicamente la figura de quien, por sus características familiares o socioeconómicas, no puede ser comparado a alguna otra persona, porque simplemente está a años luz del día a día de cualquiera, y más por la enorme cantidad de medios puestos a su servicio. Me sucede cuando se explican las “dificultades” en el inicio de la carrera de quien fue empujado al éxito ya desde la cuna. Entiendo que, fruto de la situación de cada cual, tenga los apoyos que se le quieran y puedan brindar. Pero intentar revestir todo ello de normalidad, planteando como fruto del tesón y una extraordinaria capacidad lo que radica, sobre todo, en el haber tenido apoyos extraordinarios, me parece improcedente.

Siempre he vivido mal las historias como la que les cuento de los pasteleros. No porque le desee al exitoso que le vaya peor, ni mucho menos. Fundamentalmente, porque me gustaría que el tiempo pusiese a cada uno en su lugar, en función de sus méritos reales, y no tanto por ser quien es. Desgraciadamente, creo en la meritocracia, dentro de un planteamiento más amplio de equidad y oportunidad para todas y todos. Pero entendiendo que, si ha de haber un vector que influya en el éxito de uno o de otro, este sea el de los propios méritos, y no el de los ajenos o de la posición de la que se parta. Si leen ustedes mis columnas de hace veinte años sobre estas cuestiones, encontrarán las mismas ideas. Verán ustedes cómo formulaba ya tales reticencias sobre las generalizadas lisonjas y jabón a personas concretas muy privilegiadas. Y, en particular y por ejemplo, lo hacía reflexionando sobre figuras públicas hoy cuestionadas y denostadas, pero para las que entonces todo eran sonrisas desde planteamientos monárquicos caducos y poco sostenibles. Personas que partían de tales posiciones únicas, y ante las que se obviaba lo que hoy ya se cae por su propio peso, y que ha llegado a socavar y hacer temblar los cimientos de la institución que representaron en España.

Creo, sinceramente, que a los pasteleros hay que valorarles por su capacidad para hacer mejores o peores pasteles, abstrayendo de todo lo demás. Y a los demás, también. Y es que todo lo que no sea así merma nuestra capacidad de avance como sociedad, y nos engaña.