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Ánxel Vence

Crónicas galantes

Ánxel Vence

El gallego y los acentos de Eros

¿Para qué sirve el gallego? se preguntan los utilitaristas que a todo le buscan un propósito. El maestro Álvaro Cunqueiro solía recordar que la lengua gallega es el instrumento que los naturales de por aquí utilizamos para inventar (o crear) el mundo a nuestro modo. Pero si vamos a lo práctico, también es útil como arma de seducción.

El gallego sirve para ligar, por improbable que parezca tal cosa. Eso se deduce, al menos, de una encuesta realizada por Gleeden, una web de relaciones extramatrimoniales que sitúa al acento galaico como el tercero más atractivo para las señoras en España.

Lidera la clasificación el deje madrileño, por razones que los autores del estudio demoscópico atribuyen a su tono graciosamente chulesco. Nada más lógico si se tiene en cuenta que la Real Academia define la chulería como “cierto aire o gracia en las palabras o ademanes”.

El segundo puesto corresponde a los canarios por su melodiosa entonación del castellano que se habla en las islas.

La melodía explicaría también el destacado tercer lugar que ocupa el gallego en esta lista de tonillos más estimulantes desde el punto de vista erótico. Algún guiri creyó escuchar en la lengua de Rosalía ecos de una especie de italiano sin consonantes dobles. Y no falta quien observe que su música suena todavía hoy en el acento argentino, acaso influido por la cuantiosa presencia de gallegos e italianos en esa república de Ultramar.

Cierto es que, más allá de los acentos interiores, el más sugerente para los españoles viene a ser, con diferencia, el francés. No podía ser de otro modo, tratándose de una lengua generalmente considerada como la más erótica del mundo.

Para empezar, nuestros vecinos de Pirineos arriba han convertido el “francés”, su denominación de origen, en una práctica sexual de lo más apreciada. A ellos les corresponde además la invención de expresiones como ménage à trois, que de puro intraducibles solo son de uso en el idioma original que sirvió para concebirlas.

También es un hallazgo francés la “petite mort” que alude a la depresión posterior al orgasmo y al desvanecimiento que este llega a producir entre algunos exaltados y exaltadas.

Curiosamente, tuvo que ser el norteamericano Bob Dylan quien atribuyese al español —“suave como la música, ligero como el rocío”— la condición de lengua del amor por excelencia. Aunque al cantautor lo avala su premio Nobel, no deja de resultar chocante que a los españoles les ponga más el francés.

Extraña igualmente que no se hayan valorado en su justa medida los méritos del latín, vieja lengua imperial que nos aportó conceptos tan estimulantes como la fellatio o el cunnilingus. Será que no conocemos cuál era exactamente el acento de los romanos o que las lenguas muertas no cuentan en este ranking. Quien sabe.

La novedad, en todo caso, la trae ese inesperado tercer puesto al que llegó el acento gallego en el top ten de los más sensuales de la Península. Se trata de un mero marcador autonómico que no resiste la comparación con el francés, pero aun así sirve para poner en valor la utilidad del gallego, tan cuestionada últimamente. Salvo que nos confundan con los brasileiros, que todo podría ocurrir.

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