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Eugenio García-Gascón

El gobierno de la desinformación

Byung-Chul Han propone un giro rápido antes de que nos carguemos la democracia liberal

Un libro de este año con notable recorrido en Europa es Infocracia, del filósofo surcoreano que enseña en Berlín Byung-Chul Han. Es una reflexión pesimista sobre los tiempos que corren subtitulada La digitalización y la crisis de la democracia. Es un texto breve, de solo 92 páginas y está repleto de frases lapidarias, algunas probablemente discutibles, pero en todo caso interesantes para iniciar un debate. Cuestionan la dirección que ha tomado la sociedad occidental en los últimos lustros y proponen un giro rápido antes de que nos carguemos la democracia liberal. En realidad, la democracia liberal entró en crisis hace bastante tiempo, aunque nunca se hayan escrito tantos ensayos sobre esta cuestión como ahora.

Una frase del libro es: “Cuando las emociones y los afectos dominan el discurso político, la propia democracia está en peligro”. Esto no es algo totalmente nuevo, aunque se está agudizando. El vaso de la resistencia democrática se está llenando rápidamente y corre el riesgo de desbordarse con la proliferación y la radicalización de los antisistema que polarizan los dos extremos del arco político y que castigan a la sociedad con tensiones difíciles de soportar. La democracia liberal está preparada para aceptar ligeras desviaciones de la línea central por la que avanza, pero no las sacudidas a las que se la está sometiendo desde ambos extremos.

Otra frase lapidaria relacionada con la anterior: “La progresiva tribalización de la sociedad pone en peligro la democracia (…) y conduce a una dictadura tribalista de opinión e identidad que carece de toda racionalidad comunicativa”. Refuerza esta reflexión con otra no menos inquietante: “Los colectivos identitarios tribalistas rechazan todo discurso, todo diálogo. El entendimiento no es posible. Las opiniones expresadas no son discursivas, sino sagradas, porque coinciden plenamente con su identidad, algo a lo que no pueden renunciar”. Estas deliberaciones vienen muy bien pintadas para el caso de Israel, donde la identidad tribal está por encima de todo, pero también constituyen un diagnóstico pertinente para los males de Cataluña. Son consideraciones tremendas que no solo están relacionadas con internet y que retratan la evolución exponencial de lo tribal.

No es casual que el libro recurra con frecuencia a pensadores vinculados con la izquierda, puesto que el autor orbita en esa ideología. Por las páginas nos cruzaremos con Rousseau, Marx, Benjamin, Foucault o Habermas, entre otros. En cierto modo Infocracia es un texto que cuestiona el presente de la sociedad occidental tanto como las novelas de Houellebecq, si bien sin el cinismo y la peculiar distancia social que el novelista francés mantiene con la política. Byung-Chul Han resalta que en nuestra época la desinformación circula a una mayor velocidad que la verdad por las redes sociales, y que la verdad es incapaz de combatir y reducir a la desinformación, lo que incide de manera fatal en la democracia.

La “democracia directa” que ofrece internet es una “ilusión” debido a que los colectivos no son responsables y se convierten en “ganado consumista” que se deja arrastrar por toda suerte de influencers que ni son libres ni democráticos. En nuestra opinión, la crisis de la democracia liberal no se circunscribe a las redes sociales sino que es más profunda y las redes sociales son un mero síntoma de la grave crisis que nos rodea. En cierta manera la obra de Byung-Chul Han es complementaria a la de Houellebecq en la medida que los dos describen una sociedad agotada y sin capacidad de rectificar ya que no es capaz de reflexionar sobre sí misma ni tolerar al otro. Y es importante consignar que ninguno de los dos escritores ofrece una alternativa clara y viable al incuestionable desgaste social y político de la época. Con un ministerio de la Verdad similar al que describía Orwell, con su televisión, radio, institutos de historia, etcétera, la clase dominante tergiversa el pasado y el presente. El pesimista filósofo surcoreano denuncia al final del libro que “el régimen de la información (desinformación) está desplazando al régimen de la verdad”, algo que se ha convertido en una obviedad cada día más amenazadora.

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