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Daniel Capó

Escribir con prudencia

A principios de octubre de 1947, Josep Pla publicó en la revista Destino una violenta diatriba contra su antiguo amigo Joan Estelrich, que ahora se ha recogido en un interesante libro, titulado Periodisme i llibertat. Cartes 1920-1950 (Ed. Destino). A Pla, lo que le irrita del escritor mallorquín, hombre fuerte de Cambó y editor de la colección de clásicos Bernat Metge, es su pesimismo público. Ambos han sobrevivido a dos guerras mundiales, al ascenso de los fascismos y del comunismo, a una guerra civil y a la destrucción de muchos de sus sueños juveniles. Pla —la cita es larga— escribe: “Mi amigo Juan Estelrich se ha convertido en un sombrío y tétrico pesimista. No creo que en el terreno de la intimidad Estelrich sea un elegíaco. Por el contrario, es un hombre risueño y voraz, que gusta de los placeres de la vida. Es en el terreno público, ante los problemas generales, que Estelrich ha sentado cátedra de pesimismo. A pesar de la repugnancia instintiva que a toda persona normal producen los seres que pretenden ser profetas, nuestro escritor escribe constantemente sobre los profetas modernos. Desarrolla todos los aspectos del catastrofismo. Apela constantemente a la Divinidad y a la Providencia. Subraya todos y cada uno de los más anquilosados y prehistóricos problemas. Si yo tuviera un asomo de personalidad, me sucedería, sospecho, lo contrario: sería un elegíaco en el terreno particular y mis modelos serían los poetas lucidos y tristes. En el terreno público, sin embargo, defendería siempre, constantemente, el panglosismo y me convertiría en un discípulo de Leibnitz: declararía en cafés, tabernas y esquinas que vivimos en el mejor de los mundos posibles. El optimismo es indispensable para que el comercio marche y para que la gente al levantarse tenga el menor sabor de boca posible”.

Dejemos de lado ahora la desavenencia entre los dos grandes hombres de las letras catalanas y detengámonos sólo en la tesis de Pla: el pesimismo hay que guardarlo sólo para nosotros, mientras que nuestra proyección pública —como columnistas, por ejemplo, o como escritores o tertulianos— debe moverse dentro de la prudencia. En parte tiene razón, porque somos —o llegamos a ser— algo muy parecido a lo que creemos (o a lo que creemos que creemos). Y, sin embargo, ¿no es acaso el optimismo una ingenuidad? Se dirá que a menudo sí. Pensemos en las consecuencias de los años felices, ya sea la década de los veinte del pasado siglo o los años previos al estallido de la burbuja de las subprime. Pero Pla, creo yo, se refiere a algo distinto, que es la responsabilidad del escritor —o del periodista— en la configuración moral de una época. El deber de decir la verdad no se puede confundir con la pretensión intelectual que deriva hacia el catastrofismo.

En el fondo, lo que Pla nos pide es distanciarnos de nosotros mismos, preservar un equilibrio que no permita a nuestras emociones dictar sentencia ni emitir juicios con excesiva facilidad. Casi como si de una proyección freudiana se tratara, nuestros fracasos se convierten en los fracasos de una época y de una sociedad: ese es el gran peligro que percibe en la posición de Estelrich. Escribir desde la prudencia supone reducir las frases contundentes, favorecer la reflexión y eso tan planiano del “adjetivo justo”. Necesitamos mirar al futuro si no con optimismo, al menos con esperanza. Porque la esperanza llega más lejos que el pesimismo. Y es —sobre todo— más justa, más verdadera.

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