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Matías Vallés

O sea que el COVID venía de China

Hace tres años, este artículo hubiera coincidido con todos los publicados entonces sobre la xenofobia y el racismo encubiertos que se diseminaban al señalar que un misterioso coronavirus se estaba incubando en Wuhan, con pasaporte al resto del mundo. “The Chinese virus”, bramaba Trump, y Santiago Abascal traducía “el virus chino” en su desastrosa moción de censura. Ninguno de esos líderes destemplados de la ultraderecha moderada manda ahora ni en una aldea global, pero los gobernantes occidentales han cerrado aeropuertos y recetado medidas para controlar el flujo de viajeros desde terminales chinas, sin un solo columnista en contra. O sea, que la COVID venía de China.

Hace dos años, Occidente se postraba ante Pekín, porque su gestión de la pandemia demostraba un nivel superior de gobernanza. Todo el planeta debía imitar, y de hecho copiaba, los modélicos métodos dictatoriales que permitían a los chinos amontonarse risueños en playas y piscinas. De paso se condenaba al infierno a Anders Tegnell, el equivalente sueco de Fernando Simón que decretaba que el “COVID es un maratón, no un esprint”. Los chinófilos ni siquiera enderezaban la espalda doblada para escandalizarse, al comprobar que los cinco mil muertos oficialmente reconocidos por el país asiático eran un millón de veces más mentirosos que los 120 mil fallecidos falseados por España.

Hoy mismo, el Occidente adormilado no denuncia el milagro epidemiológico de que China reconozca 25 muertes por covid desde diciembre, con cero víctimas fatales en todo Shanghái. Frente a la catalepsia imperante, anotaremos tres evidencias. Trump miente mucho, pero todavía no tiene el poder de transformar las verdades en mentiras por el mero hecho de enunciarlas. Oponerse a la invasión a sangre y fuego de Ucrania ennoblece a sus practicantes, pero la prisión universal de la covid no fue el momento más lúcido de la humanidad. Y tres, si la mentirosa China es el futuro del planeta, está más negro de lo que pensamos.

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