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Martí Saballs

Querido Otto von Bismarck

Pedro Sánchez y Emmanuel Macron se reunirán en Barcelona el jueves 19 en la cumbre hispano-francesa en Barcelona. Auguro que alguna cosa hablarán del sistema de pensiones y de la edad de jubilación óptima. Ese día, los sindicatos galos han anunciado huelga general con la que esperan paralizar el país. El argumento es la decisión de Macron de retrasar de forma paulatina la edad de jubilación, hoy en 62 años, hasta los 64 años. El presidente de la República francesa justifica la decisión por motivos económicos. El sistema de pensiones será inaguantable a medio plazo a medida que vayan retirándose los ciudadanos nacidos en el baby boom. Si no se arregla el sistema de pensiones, puede gravar el futuro de la siguiente generación de franceses.

Lo que ocurre en Francia, país capaz de crear lo mejor y lo peor tanto desde el punto de vista gastronómico, higiénico como ideológico, afecta y llega siempre a España. Aquí, en términos generales, una persona puede jubilarse a los 65 años siempre que haya cotizado 37 años y nueve meses. La teoría tiene truco. A estas alturas todos conocemos personas que han sido prejubiladas en muchas empresas a edades muy inferiores a esta y manteniendo un porcentaje relevante de salario, habitualmente, hasta un 80%. Las prejubilaciones han generado tanto euforias como depresiones. Sí que es un dato, contado mil veces, que el Presupuesto del Estado dedica un 41,8% de los gastos a pagar las pensiones a nueve millones de personas. Un porcentaje que no hará más que ir subiendo en la próxima década. Reformar el sistema es inevitable, flexibilizar la decisión de las empresas para decidir la edad de jubilación de sus empleados también. No puede ser que en España pueda acabar habiendo más personas pasivas que trabajando.

La edad de jubilación no es un invento contemporáneo. Aun también contado mil veces, hay que recordar que fue un señor muy conservador, aristócrata prusiano, jefe de Gobierno de la nueva nación alemana, quien decidió crear el primer sistema de seguridad social del mundo. En 1881, Otto von Bismarck asumió algunas de las demandas de la Iglesia católica y del socialismo, para estudiar la introducción de ayudas sociales pagadas por el Estado. Finalmente, el 6 de junio de 1889 el Reichstag de Alemania instituía un sistema de ayudas públicas a las personas que quisieran dejar de trabajar a los 70 años, ya fueran ancianos o inválidos. No eran muchas. La esperanza de vida al nacer para los hombres en Baviera era de 38 años. Solo algunos privilegiados, como Bismarck (tenía 74 años en aquel momento) y sus amigos junckers superaban los 70. No fue hasta 1916 que se decidió bajar la edad de jubilación voluntaria a los 65 años en Alemania. En EEUU se estableció la misma edad en 1936. Han pasado unos cuantos años y, a pesar del aumento de la esperanza de vida y de los cambios laborables, esta edad sigue siendo la que marca el corte entre la edad laboral a la jubilar en la gran mayoría de países occidentales.

Desgraciadamente, el debate sobre la edad ideal para jubilarse en el primer cuarto de siglo XXI se ha ideologizado sin necesidad. Ni la esperanza de vida ni la tipología de trabajo ni la capacidad física y mental hoy puede compararse a la que había hace más de cien años. Cada profesión y cada profesional es un mundo. La sostenibilidad de las cuentas del Estado no puede estar bebiendo aún de la decisión acertada de un aristócrata prusiano en una época pretérita.

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