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José María de Loma

Cosas que llegan

Van llegando cosas a la mesa de trabajo. En Navidad, aterrizaba uno por la mañana y había llegado un obsequio, un frasquito de aceite. Otro día, una botella de vino. En ocasiones llegaba un sobre con una felicitación. O una macetita con un ficus. Ahora se ha pasado la Navidad y llegan disgustos, gente a preguntar, un señor de Soria que solicita una entrevista, repartidores de Lotería, compañeros que ofrecen agua o una exclusiva, fotógrafos, un administrativo requiriendo una firma. Llegan correos, misivas, periódicos, invitaciones para actos, el que trae las pizzas y hasta el bedel de una notaría.

–Oiga, ¿pero usted dónde trabaja?

Y libros. En ocasiones llegan libros. Los poetas feroces cuentan lobos para dormir, se llama el de hoy. Editado por Menoscuarto es obra de Pedro Flores y ha sido Premio Internacional de Poesía Jorge Manrique. Tuve un compañero en la Facultad muy amigo de saludar diciendo: “Se ha muerto el padre de Jorge Manrique”. Como éramos decenas y decenas y le gustaba vociferar, siempre alguien picaba y preguntaba que quién era Jorge Manrique. Incluso una vez, una chica de Alcalá de Henares dijo que lo sentía. “Pobre hombre”, añadió compungida. Manrique fue una cumbre de la literatura del siglo XV, pero a la chavalería de mi tiempo cuando en el Bachillerato el profe de literatura empezaba a recitar las Coplas por la muerte de su padre nos parecía un peñazo importante y no veíamos la hora de salir de clase y librarnos de Manrique, de su padre, del profesor y de las coplas, no un modelo de alegría precisamente. Ahora, ya menos asnos, más provectos y baqueteados, nos parecen deliciosas las coplas, que han pasado al acervo común, “cualquier tiempo pasado fue mejor”. El libro de Pedro Flores tiene una gran capacidad de generar emociones y a decir del jurado que lo ha premiado deslumbra por su capacidad para contar la realidad cotidiana. Catarlo ha consumido un tiempo matinal estupendo, placentero, hurtado a las obligaciones y a las urgencias que imponen las pantallas, las redes o la realidad.

Bellamente editado, la luz que penetra por el amplio ventanal de la redacción lo baña y hace el volumen más blanco y luminoso de lo que es. Cabe en el bolsillo del abrigo. Al salir, ya comenzada la tarde, acaricia uno ese bolsillo por ver si porta su botín del día. Para gozarlo mejor en casa. Y a ver qué depara mañana. Tal vez llegue un monopatín, un adverbio sin usar, un catálogo de sombreros o el suave y a la par euforizante vientecillo de expectativas que cualquier fin de semana consigo trae.

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