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Antonio Papell

Más contra el machismo

Los once crímenes de violencia de género registrados en diciembre pasado y el mal camino de esta macabra estadística en enero han obligado a reabrir políticamente con grave inquietud un asunto que permanece pendiente en nuestro debe democrático: el de la violencia género, es decir, el de los delitos cometidos por varones contra mujeres, por motivos socioculturales y religiosos que mantienen viva la tesis detestable de que existe una legitima dominación de la mujer por el hombre, de tal forma que este sometimiento puede y hasta debe ser conseguido por todos los medios, incluida la violencia física. La descripción del fenómeno es atroz pero no admite paliativos dada la gravedad del fenómeno.

España ha sido pionera en este combate contra la barbarie y La Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, inspirada por el gobierno Zapatero como una de las primeras decisiones de una serie que todavía prospera, marcó un camino muy fecundo que introdujo entre otras novedades la creación de juzgados especializados en Violencia sobre la mujer y una Delegación Especial del Gobierno contra la Violencia sobre la Mujer, creando un sistema integral basado en tres pilares: la prevención, la protección y recuperación de la víctima y la persecución del delito. El pacto se ha renovado varias veces, y había generado un consenso prácticamente universal hasta la irrupción de Vox en el panorama político; la extrema derecha niega el concepto de “violencia de género” y la carga ideológica, ultra, del maltratador.

El capítulo de la prevención es básicamente cultural: hay que infundir los valores de equidad que acaben con la odiosa supremacía del varón, con el planteamiento asimétrico de la pareja. Y esa es una tarea perpetua, que no puede abandonarse y que requiere insistencia, tesón, voluntad. La negativa de Vox a sumarse al consenso es perturbadora y agrieta el designio que debería estar a cargo de toda la comunidad.

Pero además de insistir en este objetivo, es necesario mejorar la protección de la víctima, una tarea cuyas lagunas hacen posible la materialización de la violencia. Este es un cometido técnico que tiene soluciones, y que Interior ha puesto en estudio estos días con intensidad: la mejora de la actuación policial; la habilitación de un sistema de preaviso, con control judicial, que advierta a la mujer de que su acompañante tiene antecedentes de violencia de género; el cribado sanitario de las mujeres en el sistema de salud, etc. Los expertos aseguran que un examen minucioso de las mujeres que precisan asistencia sanitaria permitirá detectar la mayor parte de los casos de violencia de género.

Estas dos últimas medidas —la elaboración de un registro de maltratadores y el aviso a las potenciales víctimas; la detección de casos de maltrato por el sistema de salud— podrían ser facilitadas mediante métodos innovadores de inteligencia artificial y habrán de aplicarse con cuidado porque evidentemente lindan con el derecho a la intimidad y con la reinserción social de los delincuentes. Pero no es de recibo pretextar este criterio paras no proteger debidamente a las víctimas.

La aplicación de estas actuaciones requiere recursos presupuestarios, y nada desdeñables, por lo que si existe verdadero interés en combatir el maltrato con eficacia habrá que prever primero esta evidencia. Las soluciones a medio plazo —la creación de un clima, la insistencia en los valores en la escuela, las campañas de información a los jóvenes, etc.— son absolutamente indispensables pero en el mejor de los casos funcionan solo a medio plazo (ha habido muchos fracasos en muchos países de Europa, más ricos y cultos que el nuestro), pero el combate real contra la malignidad de los agresores ha de darse con medios materiales. No puede ser que una mujer amenazada sucumba a manos de su agresor porque no había policía suficiente para protegerla.

Y una cuestión singular que conviene conocer: algunos expertos han detectado que desciende la tendencia al suicidio de los agresores tras asesinar a su pareja. Eso significa que los violentos perciben cierta claudicación social, cierta mengua en el rechazo que provocan. Lo que sugiere que debemos rearmarnos y reemprender esta guerra justa contra una de las más detestables formas de esclavitud que es la violencia de género.

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