Tengan ustedes unos muy buenos días, de nuevo. Enero va tomando cuerpo y, con él, esta recién estrenada anualidad que se nos ofrece con su lienzo limpio. Atrás han quedado los días de tradicionales celebraciones, y antes de que nos demos cuenta estaremos saludando a la primavera. Pero antes aún habrá mucha tela que cortar, concretada en jornadas que, como siempre, nos harán reír y llorar. Vibrar, en definitiva, ante la vorágine diaria de acontecimientos que conforman la actualidad. Ya saben a qué me refiero... un cúmulo de acontecimientos que nunca nos dejan indiferentes, y que van moldeando el camino de nuestro propio devenir. Es... la vida misma.

En este trepidante hilo de la actualidad, uno de los fenómenos que más en boga está en este momento, y que más concentra las miradas, es el de la inteligencia artificial. Y es que no son pocas las personas que están volcando todo su esfuerzo y talento en construir tanto algoritmos que sean capaces de aprender a partir de las experiencias pasadas, como las máquinas que les den soporte y que sirvan, a la vez, para ejecutar lo aprendido, abordando mil y una tareas. Con múltiples aplicaciones en enormes campos, la inteligencia artificial puede ser una herramienta verdaderamente útil a la hora de abordar muchos de los retos cotidianos. Exactamente igual que muchos de los desarrollos no solamente de los últimos tiempos, sino a lo largo de la Historia. Es evidente que, desde la lámpara de vacío al transistor, pasando por los circuitos impresos o los integrados, han propiciado un vuelco en muchos aspectos. Pero también, en su día, la máquina de vapor, el motor de combustión interna o la enorme evolución en materia de propulsión y sustentación en el aire. O la penicilina, las vacunas y los enormes avances en el campo biotecnológico, con una importante derivada en la praxis clínica. Todo ello es el germen de lo que hoy somos, exactamente igual que las comunicaciones ópticas o el teléfono móvil. Son multitud las herramientas que hacen que el día de hoy se presente como altamente tecnológico y tecnificado, con unas perspectivas aún mucho mayores en el grado de avance y consolidación de la era digital.

Pero... ¿es eso una patente de corso para salirnos, literalmente, del tiesto? Pues yo creo que no. La inteligencia artificial tiene su nicho de aplicación, y seguramente a lo largo de los años le encontraremos muchas más capacidades y posibilidades que las que hoy somos capaces de enumerar, pero sin salirnos de foco. Lo técnico y tecnológico es eso mismo, y no va a sustituir otros aspectos bien diferentes de la existencia. La inteligencia artificial no deja de ser una experta mirada a un repositorio de información previo, con unas técnicas lógicas de análisis y construcción de proposiciones verdaderamente potentes. Sí, y representa una revolución que puede dar paso a muchos desarrollos jamás pensados. Pero... en su ámbito y en su justa medida. Nada más.

Por eso pretender que sea una insensible máquina la que sea capaz de “sentir” cosas que realmente son para ella ficticias, es absurdo. Y les cuento esto porque, en uno de los últimos foros sobre la cuestión, se presentaba un robot que hacía, exactamente, eso. Hilvanar sentimientos que, obviamente, se quedaban en palabras. En plena era de retroceso de la comunicación personal y la amistad, cuando la sociedad es más líquida y menos consistente que nunca, recurrimos a las máquinas para que nos cuenten aspectos que tienen que ver con lo emotivo y lo emocional. ¿No les choca? A mí sí. Porque el pretender que sea una máquina la que se relacione emocionalmente con nosotros no deja de tener, en esencia, algo perverso en su concepción. La del querer prescindir del otro, cuando somos seres sociales y sociables, y nuestra existencia solamente tiene sentido en compañía de muchos otros como nosotros. Reducir los sentimientos a meros enunciados formales, asusta. Y delegar su administración a los seres cibernéticos que nosotros creemos, aún mucho más.

No, miren. En plena era de la Cuarta Revolución Industrial, las máquinas tienen el espacio que tienen, y nunca otro, por definición. Pero nada nos podrá emocionar más nunca que el simple vuelo de una mariposa, un atardecer o la contemplación de un árbol o un paisaje. Que nos conmueva lo que diga una máquina que, por arquitectura y por diseño, no siente, es en sí absurdo. Pero lo es en tanto que fuera de lugar, no de que no sea posible. Si queremos emocionarnos, quizá debamos acercarnos más a las personas. Sentir con ellas. Darnos más. Y, a la postre, intentar recibir más su cariño y su interés, si es que todavía es posible. Pero querer encontrar un sucedáneo a partir de lo cibernético, no deja de ser un deseo estéril, en el que no falta cierto patetismo. Y que abunda más en una problemática compleja —la de la soledad, de la falta de empatía, de la distancia entre congéneres, del desinterés...— que progresa de forma exponencial.

A las máquinas, lo que es de las máquinas, con todas las salvaguardas que quieran para ampliar sus posibilidades, desde una mirada amplia. Pero a las personas lo que es de las personas, y a la Naturaleza, lo que es de la Naturaleza. Y si queremos sentir, emocionarnos, vibrar... tienen ustedes ahí afuera unos ocho mil millones de seres... ¿para qué empeñarse en buscar alternativas descafeinadas y, si me lo permiten, bastante cutres?...