En febrero de 1955 arribó a Cartagena de Indias el destructor A.R. Caldas de la Marina de Guerra colombiana procedente de los EEUU, que había sido noticia por sufrir una tormenta en el Caribe en el transcurso de la cual habían caído al mar ocho tripulantes, todos ellos miembros de la marinería. A pesar de las laboriosas tareas de búsqueda, no llegó a encontrarse ninguno de los cuerpos de los náufragos. Sin embargo, unos días después en la playa de Mulatos, al norte de Colombia, apareció moribundo el marinero Luis Alejandro Velasco, que había estado a la deriva diez días sobre una balsa sin comer ni beber.

El presidente de la Nación, el general Gustavo Rojas Pinilla, convirtió al superviviente en héroe nacional, gracias a lo cual Velasco firmó varios contratos publicitarios que le reportaron dinero y fama, y estuvo paseando su milagrosa aventura por distintos medios de comunicación.

Uno de los medios que visitó el marinero Velasco fue el diario El Espectador de Bogotá. Velasco se presentó en el periódico en un momento en el que estaban reunidos el director Guillermo Cano, el jefe de redacción José Salgar y el redactor Gabriel García Márquez, solicitando entrevistarse con el primero de ellos. Tras referir el marinero Velasco que venía a contar la verdadera historia del naufragio del Caldas, los periodistas reunidos declinaron la oferta, pues entendían que la historia estaba tan manoseada que carecía de interés periodístico.

Pero cuando el marinero bajaba las escaleras y aún no había salido del inmueble, el director Cano tuvo la corazonada de que en aquella gastada historia podía haber algo más y envió a buscarlo. No tardó Velasco en convencerlos de que la verdad de lo sucedido aún no había sido contada enteramente y los periodistas pensaron que podía haber una historia que, bien narrada, podía llegar a convertirse en una auténtica bomba literaria.

Fue García Márquez, que ya entonces era el reportero estrella de El Espectador, el que entrevistó durante 120 horas, espaciadas en 20 sesiones, al marinero Velasco y con todo ese material publicó la que pasaría por ser la verdadera historia del naufragio.

En efecto, cuentan que en esas 20 sesiones Gabo no se limitó a escuchar, sino que hizo muchas preguntas, repreguntas y hasta le puso trampas en busca de posibles contradicciones para conseguir que Velasco dijera toda la verdad. Velasco optó por contar la verdad y confesó que la tormenta nunca había existido, que sus ocho compañeros habían caído al agua porque en la cubierta del Caldas iban cajas con material de contrabando (al parecer electrodomésticos comprados por los oficiales en los EEUU) que por culpa de un golpe de viento se habían soltado y ellos habían tenido que acudir a la popa para asegurarlas.

Todo aquel material literario inédito fue convertido en una relato de ficción por Gabriel García Márquez, que, primeramente, fue publicado por entregas, reunidas después en un Suplemento de El Espectador con una portada que se titulaba La Odisea del Náufrago Sobreviviente del A.R. Caldas. El reportaje tuvo un enorme éxito, tal vez porque aquella versión periodística contradecía la versión oficial y revelaba una práctica ilícita en la Marina colombiana, ya que los buques de Guerra no podían llevar carga civil y mucho menos si era de contrabando.

El golpe de suerte que tuvo con 19 años Alejandro Velasco al ser el único superviviente del naufragio del A.R. Caldas y convertirse en una especie de héroe nacional y personaje principal de la famosísima obra de Gabo Relato de un náufrago acabó siendo un vivo ejemplo de la frase proverbial que Cervantes pone en boca de Sancho “la codicia rompe el saco”. Y es que el ansia que tuvo Alejandro Velasco por conseguir un beneficio desmesurado frustró la expectativa de obtener una ganancia razonable.

En efecto, a pesar de que Gabo había compartido voluntaria y temporalmente con él los derechos de autor sobre la novela, Velasco lo demandó porque consideraba que era él, y no el Nobel colombiano, el verdadero autor de la obra y protagonista auténtico de su propia aventura. Según Velasco, él le había relatado en 1955 al periodista García Márquez los detalles e impresiones de su aventura a la deriva en el mar Caribe, en una balsa, sin comer ni beber, aferrado a una medalla de la Virgen del Carmen y expuesto a un ataque de los tiburones. Velasco añadió que sin su concurso Gabo no hubiese podido escribir el libro, pues en el relato había léxico suyo en el 60 o 70 por ciento de la obra.

El Tribunal Superior de Bogotá, con ponencia del magistrado Ricardo Zopó Méndez, consideró que las pretensiones de Velasco de obtener el pago de los derechos de autor por la venta, edición y distribución de este libro en todo el mundo no podían ser acogidas, pues correspondían de manera exclusiva a García Márquez por quien le dio expresión literaria y gramatical al relato del marinero. En opinión de la Sala, los derechos patrimoniales y morales de la obra Relato de un náufrago escrita por García Márquez en 1955 en su calidad de reportero del diario El Espectador y compilada por él mismo en 1970 como novela pertenecían únicamente al Nobel, pues no han sido cedidas de manera legal a Velasco en escritura pública.

La sentencia decía que, si Velasco en realidad hubiera dictado la historia, no habría requerido un redactor, como Gabo, sino de una mecanógrafa o una taquígrafa. La Sala acogió también el testimonio de José Salgar, el entonces jefe de redacción de El Espectador, quien precisó que en ningún caso hubo transcripción textual del relato, añadiendo: “Recuerdo que lo que hizo Gabo fue conversar con él y tomar apuntes para darles luego forma literaria”.

El fallo me parece acertado y justo. Cuentan que cuando Gabo recibió una llamada de Velasco afirmó “es la primera vez que uno de mis personajes me llama por teléfono”. Y no le faltaba razón.