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Jorge Dezcallar.

La falsa democracia callejera

Los países no se despiertan un día llenos de fascistas fanáticos o de comunistas revanchistas. Cuando eso sucede y las elecciones dan un vuelco que los encuestadores no han visto venir es porque hay causas profundas que tienen que ver con un malestar generalizado que no encuentra otras formas de expresarse y que demagogos de última generación explotan para llevar el agua a su molino. Por eso no debe extrañar que los que un día votan a la extrema derecha lo hagan unos años más tarde a la extrema izquierda si no ven satisfechas sus aspiraciones, como ahora vemos en Iberoamérica. Votan a lo contrario de lo que hay porque piensan que peor no van a estar, y es perfectamente legítimo que quieran probar para ver si con los otros les va mejor. Son el caldo de cultivo de los populismos.

Muy diferente es el bochornoso espectáculo de estos días en Brasilia, cuando turbas partidarias del expresidente Bolsonaro asaltaron las sedes del legislativo, ejecutivo y judicial, obra del genio de Oscar Niemeyer, en protesta por considerar sin pruebas que Lula robó una elección muy apretada (50,8% contra 49,2%). Imagino que muchos brasileños sintieron una enorme vergüenza al contemplar el triste espectáculo de unas turbas que destrozaban cuanto encontraban a su paso envueltas en una bandera que lleva la leyenda Ordem e Progresso. Supongo que no saben leer.

Nihil novum sub sole. Lo que ha pasado ahora en Brasil ni siquiera es nuevo, sino una copia de anteriores intentonas en geografías tan distantes como España o EEUU, dos países que escojo por ser democracias asentadas. En Estados Unidos, masas que se negaban a aceptar el hecho incontrovertido de que Biden había ganado a Trump por siete millones de votos, que no es poco, asaltaron el Capitolio hace dos años en un bochornoso espectáculo de payasos vestidos con cuernos de bisonte que provocaron varios muertos y que todavía está siendo investigado políticamente en la Cámara de Representantes (veremos qué hacen ahora los Republicanos que la controlan) y judicialmente en los tribunales. Y en España cabe recordar que, en 2011, militantes de extrema izquierda rodearon el Parlament de Catalunya y obligaron al president Artur Mas a acceder en helicóptero. Más grave fue que, en 2018, independentistas que militaban en ANC, Òmnium y CDR, a los que Quim Torra, entonces president de la Generalitat o sea Estado (!) les había pedido “apretar”, se pasaran un par de pueblos e intentaran asaltar el Parlament defendido por los Mossos d’Esquadra. Muy bochornoso, aunque aquí o la policía fue más efectiva o los manifestantes menos brutos porque no lograron entrar. Como se ve, estas barbaridades no son algo que solo haga la extrema derecha que luego reclamó protagonismo en EEUU y en Brasil.

Se trata, en todos estos casos, del desprecio de la democracia representativa en favor de una manipulable democracia directa o democracia de la calle, como si los miembros de los respectivos parlamentos no hubieran sido elegidos por la calle, pues en eso consiste votar con libertad. Esas masas caen en la incongruencia de asaltar las sedes de la soberanía popular en nombre de la democracia porque pretenden ser los auténticos demócratas frente a los que ocupan los escaños. Dicho de otra forma, quieren cargarse la democracia en nombre de la misma democracia que violan al querer defender. Y lo hacen movidos y financiados por otros que no participan en la algarada, que no aparecen en la foto ni rompen cristales, pero crean las condiciones idóneas porque saben que es más fácil manipular a las masas con la ayuda de las redes sociales que ganarse su voto. Ahora se trata de demostrar que detrás del ataque de Washington está Donald Trump y del de Brasilia está Bolsonaro, su rendido admirador, unidos ambos por la larga sombra de Steve Bannon, que también tiene a inquietantes admiradores entre nuestra ultraderecha de Vox.

Hay que denunciar esta peligrosa moda antes de que siga creciendo con nuevos imitadores. Los sistemas electorales pueden no ser perfectos pero los cambios deben hacerse dentro de las reglas de juego que los alumbraron. Lo que no es de recibo es pretender suplantarlos por la fuerza por masas de borregos ignorantes y manipulados a distancia, que creen que solo hay democracia cuando mandan los suyos y que, de paso, procuran deslegitimar a los que piensan diferente.

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