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Juan José Millás

El trasluz

Juan José Millás

No sé qué

Desde el bricolaje a la jardinería, pasando por el estudio de las moscas, hay aficiones para todos los gustos. El que no se realiza, en fin, es porque no quiere. Esto de realizarse debió de ponerse de moda en algún momento del siglo XX, cuando las religiones tradicionales comenzaron a caer por su propio peso. La realización individual se convirtió entonces en una especie de metafísica sustituta o en una suerte de ansiolítico laico, el caso es que todo el mundo hablaba de realizarse. Uno de los asuntos que mayor grado de realización producía era el coleccionismo. La filatelia tuvo entonces unos años de gloria. Yo mismo anduve perdido una temporada entre los sellos. Todavía conservo la lupa.

Ahora bien, quienes más me sorprenden son los que consagraron su existencia a llevar razón. Los observo, pasado el tiempo, con un estupor sin límites por su versatilidad. Me recuerdan a esas gabardinas reversibles que te protegen de la lluvia con idéntica eficacia por un lado y por el otro. Hablamos, por ejemplo, de individuos que en su juventud defendieron las ideas de extrema izquierda con el mismo ardor guerrero que hoy defienden las de extrema derecha, después de haber atravesado todo el espectro ideológico, siempre con idéntico grado de dogmatismo. Lo lógico, se me ocurre, es que, cuando el pensamiento de uno da muchos bandazos, vaya perdiendo rigidez o seguridad en cada uno de esos tumbos. A menos, claro, que el objetivo de tales oscilaciones no sea tanto el defender una idea como el de llevar razón. Si el único objetivo es ese, tiene cierta lógica que te canses de llevarla desde el terrorismo de izquierdas y pruebes a llevarla desde el de derechas, después de haber pasado por el de los diversos centros, si hubiera terrorismos de centro, que me temo que sí. Hay gente que colecciona argumentos como el que colecciona monedas, y todos son buenos porque se trata por lo general de gente lista y con frecuencia cultivada.

Lo curioso es que ese recorrido revolucionario siempre se hace de izquierda a derecha, es decir, como si imitaran el movimiento de las agujas del reloj. Esta suerte de sumisión direccional debe de significar algo, pero no sé qué.

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