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Olga Merino

La espiral de la libreta

Olga Merino

Rusia tampoco necesita más héroes

Me emplazo con un ruso en la plaza de Catalunya, junto a la puerta principal de El Corte Inglés, sobre seguro. Ahí está: lo reconozco por la foto del WhatsApp. Nos llevamos veintipico años, con lo que podría ser su madre aritmética. Priviet, encantada. Se supone que debo tender una mano a este joven recién llegado, que no conoce la ciudad y viene zafándose de la posibilidad de un reclutamiento forzoso. Casi tan desorientada como él, activo el radar de buscar bares donde se pueda charlar. Dos cañas, por favor. Pongamos que el hombre se llama Mijaíl.

“No iré a ninguna maldita guerra, y tampoco quiero que mi hijo crezca en una sociedad cada vez más militarizada”, en cuyas escuelas, dice, ya se habla de honor, patria, armas y héroes. Salió de Rusia a través de Kirguistán y Turquía, en una aventura con nevazos y conexiones perdidas. Cuando comenzó la guerra de Ucrania, comenta, los rusos la observaban con cierta distancia, como una película, pero el calcetín se dio la vuelta en septiembre, con el llamamiento a la movilización, cuando el miedo llamó a la puerta. El grupo de Telegram que compartían entre los vecinos del bloque se rajó entonces en dos mitades, como una sandía madura.

Pienso en el libro que llevo en el bolso, titulado Zov, de Pável Filátiev, la crónica de un soldado ruso que luchó en Ucrania y ha desertado, tirando de la manta del horror y el absoluto descalabro del Ejército. Acaba de publicarlo Galaxia Gutenberg. Copio un subrayado: “Si no detenemos esa mutua aniquilación, esa locura que nos venda los ojos con el odio vertido por la propaganda desatada, si nosotros, los eslavos, no nos serenamos, dejaremos de existir: sencillamente no habrá más Ucrania ni más Rusia”. ¿Cuántos chicos habrán huido ya?

A los 20, a los 30 años, se tiene la energía suficiente para dar un golpe de timón, y hasta dos. O tres. En otras ocasiones, es la vida la que te cambia el compás a contrapelo y sin preguntar la edad. Mijaíl quiere alquilar un piso normalito y pretende encontrar trabajo en un sector muy apaleado. Mientras le escucho, se proyecta dentro de mi cabeza una especie de documental hiperrealista en blanco y negro, donde se entrecruzan imágenes y rótulos, con las palabras inflación, nómina, precios, depósitos, avales, fianzas, un documental narrado por una voz en off que se parece a la de mi madre, una Anna Magnani de posguerra e inmigración. Admiro el arrojo y la seguridad en sí mismo de Mijaíl. Pero detecto en él cierta candidez que me descoloca.

–Dentro de unos años, podremos volver a mi país, a renovarlo desde los cimientos —dice.

Tal vez no sea inocencia. Tal vez se llame esperanza. La necesidad de mantenerla.

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