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En el aforismo 216 de su obra El arte de la prudencia, escribe Baltasar Gracián: “Ser claro. No sólo con facilidad de palabra sino con una mente lúcida. Algunos piensan bien, pero se explican mal: sin claridad los hijos del alma (decisiones e ideas) no salen a la luz”. Y añade: “Se aplaude a los escritores claros y a los confusos se les venera por no entenderlos. A veces conviene la oscuridad para no ser vulgar”. Y concluye: “Pero ¿cómo entenderán los que escuchan si los que hablan no tienen idea clara de lo que dicen?”.

En bastantes ocasiones, a lo largo de mi vida he comprobado que en el debate entre expresar el pensamiento con claridad o hacerlo oscuramente suele ganar, como señala Gracián, lo confusamente comunicado. Pero no solo porque se venere, como dice él, lo que no se entiende, sino porque somos tan inseguros que creemos que lo oscuro es profundo y lo claro superficial. Como escribió Joseph Joubert (en su obra Pensamientos), “ciertos escritores se crean noches artificiales para dar un aspecto de profundidad a su superficie y más relumbre a sus luces mortecinas. Hay que ser profundos en términos claros y no en términos oscuros.”

En la misma línea, el filósofo argentino-canadiense, fallecido hace poco, Mario Bunge decía que Heidegger fue un pillo que se aprovechó de la tradición académica alemana, según la cual lo incomprensible es profundo. Como prueba de la certeza de lo que afirmaba, Bunge citaba las siguientes frases del filósofo alemán: “El ser es ello mismo” o “El tiempo es la maduración de la temporalidad”, que, según Bunge. son expresiones que no significan nada, y que, como la gente no las entiende, piensa que deben referirse a algo muy profundo.

Y es que quien escucha frases como las citadas de Heidegger y le parecen incomprensibles, lejos de reconocer que no las entiende —lo que para él podría poner en duda su capacidad de penetrar en la esencia de las cosas—, prefiere manifestar, porque incrementa su autoconfianza, no su perplejidad, sino su admiración ante la hondura de tan felices expresiones.

Es, si me permiten la comparación, como la moraleja del cuento de El Rey desnudo (realmente titulado El traje nuevo del emperador) de Hans Christian Andersen. Como todos recordarán, en ese cuento se narra la historia de un rey muy colérico que descargaba su ira irreprimible con sus allegados y súbditos, al que dos sastres charlatanes convencieron de que le harían el traje más hermoso que jamás se habría confeccionado. Pero también le advirtieron de que dicha prenda tenía la particularidad de que era invisible para los estúpidos. Como era de esperar, cuando el rey salió con el supuesto traje toda la gente del pueblo alabó su belleza hasta que un niño dijo: “¡Pero si va desnudo!”, cosa que rápidamente confirmó la multitud. Pues bien, algo parecido sucede con los que son incapaces de expresar con claridad su pensamiento. Todos los que no los entienden suelen alabar la profundidad de su pensamiento hasta que hay alguien con la suficiente valentía que manifiesta que es confuso y no se entiende.

Fue Arthur Schopenhauer (en su obra Pensamiento, palabras y música) el que afirmó que nada hay más fácil que escribir de modo que nadie lo entienda, como, a la inversa, nada es más difícil que exponer ideas importantes de modo que todo el mundo las pueda comprender. Lo muy abstruso es —añade— pariente de lo absurdo y, sin duda, es infinitamente más probable que encierre una mistificación que una intuición profunda. Todos los artificios antes mencionados —continúa— resultan innecesarios cuando realmente el autor tiene talento. Esto le permite revelarse tal cual es y confirma en todo tiempo la sentencia de Horacio: “El pensar es el principio y la fuente para escribir bien” (De Arte poética, 309).

Hay escritores, en cambio, —prosigue— que actúan como ciertos orfebres que ensayan cien composiciones diversas para sustituir al oro, el único metal enteramente insustituible. Pero de nada debería guardarse tanto un autor como de querer mostrar que tiene más talento del que, en realidad, tiene, ya que esto despertará en el lector la sospecha de que posee muy poco, pues en cualquier arte tan sólo se afecta tener aquello que, en realidad, no se posee.

De hecho, —concluye— todo gran pensador se esfuerza por expresar sus ideas del modo más puro, claro, seguro y breve posible. Por esta razón, la sencillez ha sido siempre un atributo no sólo de verdad, sino también del genio. Escribir de modo poco claro o mal significa pensar de modo turbio y confuso.

Finalmente, Ortega y Gasset en su obra ¿Qué es filosofía? afirma que “la claridad es la cortesía del filósofo”. Fiel a esta máxima expone su denso pensamiento en todos sus escritos de un modo tan accesible que lo hace comprensible incluso para quienes no tengan mucha idea de filosofía. Lo cual, aunque parezca lo contrario, solo está al alcance de los verdaderos maestros.

Para mí, estimados lectores, lo incomprensible es simplemente eso: algo que no se entiende. Y cuando un pensamiento no es tenido por claro por los que deberían comprenderlo, es que está oscuramente concebido; por tanto, solo puede ser confusamente transmitido; y, como consecuencia de ambas cosas, es imposible que sea rectamente entendido por sus destinatarios. En lo único que coinciden el pensamiento incomprensible y la profundidad es en la oscuridad que rodea a ambos.

En cuanto a la citada frase de nuestro genial filósofo, me permito la osadía de matizar que la claridad es algo más que un acto de cortesía. Es un deber, una obligación; y no solo del filósofo, sino de todos aquellos que tienen que exponer ideas a los demás, ya sean propias o ajenas. Y es que estoy firmemente convencido de que quien no es capaz de explicar algo claramente es porque él mismo no lo comprende bien.

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