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Carles Francino

Machos extraviados

El humor es como la vaselina. Algo que podría resultar incómodo, molesto o doloroso, te acaba entrando como si tal cosa. Y creo que Machos alfa, una de las series de moda en Netflix, tiene bastante de eso. Además, si nos atenemos a su hilo argumental, la metáfora de la vaselina no parece muy fuera de lugar. Confieso que me acerqué a ella con todas las cautelas del mundo porque es terreno resbaladizo: caricatura, frivolidad, cuñadismo… Los riesgos están ahí, pero los (y las) Machos alfa superan la prueba con nota, al menos en mi opinión.

Los diálogos son ingeniosos, el trabajo actoral (de ellos y de ellas) muy eficiente y las carcajadas fluyen de manera natural, aunque la trama esté llena de cargas de profundidad. Ojalá en la vida real fuéramos capaces de gestionar situaciones tan complejas de la forma en que las afrontan los personajes. Porque, seamos francos (y francas), ¿qué podría ocurrir si a un directivo triunfador le echan de la tele para que su puesto lo ocupe una mujer? Pues que su idea fuerza para explicarlo posiblemente sea que “se ha roto el techo de cristal y me ha pillado a mi debajo”. Machismo defensivo de manual. O ¿cómo se supone que puede reaccionar un tío que le pone los cuernos a su pareja desde tiempo inmemorial, cuando esta le propone abrir la relación? O sea, follar con otra gente, pero sin tener que esconderse. Responde que ni hablar. Machismo selectivo.

Claro que en este juego de espejos donde los hombres salen peor parados por méritos propios también aparecen otras contradicciones. La insoportable influencer que encarna María Hervás, por ejemplo, no tolera que su compañero sentimental, un Fernando Gil Bertinado al máximo, se reencuentre con el éxito a base de quitarle followers a ella. Y luego está la adolescente que intenta organizar la vida sexual de su padre separado, en modo Tinder, que encarna a la perfección el exagerado empoderamiento de los hijos. Resumiendo: no me extraña que Machos alfa esté en tantas conversaciones y triunfando en tantos países porque revuelve tripas a partir de reírnos de nosotros mismos. Magnífica receta.

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