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Ánxel Vence

Crónicas galantes

Ánxel Vence

España va bien si uno no va al súper

“España va bien” es frase que en su día popularizó José María Aznar cuando presidía el Gobierno. A unos les iba mejor que a otros, como acostumbra a suceder siempre; pero lo cierto es que ese optimismo gubernamental lo ha recuperado ahora el Consejo de Ministros de Pedro Sánchez. El país marcha como un tiro, si hemos de creer a los datos macroeconómicos que el otro día citaba con orgullo el propio presidente.

Los grandes números sugieren, efectivamente, que España va bien. Otra cosa es como les vaya a los españoles. Puede ocurrir sin contradicción que baje el paro y se anuncien gozosas cifras de crecimiento económico, a la vez que el personal constata que los precios en el súper siguen igual de altos. O que los salarios no dan mucho de sí.

Si a ello se suman los alquileres a precio imposible y la constante subida del precio de los pisos, no queda sino concluir que hay una cierta brecha entre el país oficial y el del personal transeúnte. Los bienes básicos no han experimentado aún —si es que van a hacerlo en algún momento— los efectos de la excelente marcha macroeconómica de la nación.

Peor lo llevan los chavales que se incorporan al mercado de trabajo, claro está. Los sueldos no dan ni para abandonar el nido paterno, aunque siempre podrán consolarse pensando que España figura entre los Estados de Europa con mejor desempeño financiero.

La situación de la juventud es una fuente natural de irritación que antes encontraba desahogo en Unidas Podemos. Lo malo es que ahora gobiernan también los de Iglesias, con todo el capital de decepción que eso supone para quienes habían creído encontrar el bálsamo de Fierabrás en un partido que iba a arreglarlo todo. Ya ni siquiera les queda ese aliviadero en las urnas.

En casos como este hay que elegir entre lo que dicen los números y lo que uno ve en el supermercado. La duda quiso resolverla Chico Marx en cierta hilarante escena de una película que protagonizó junto a sus hermanos.

Una señora advertía, asombrada, que había entrado un elefante en la habitación. “¿De qué elefante me habla?”, contestó el pequeño de los Marx haciéndose el distraído. “El que acaba de pasar por aquí. Lo he visto con mis propios ojos”, insistió la señora. Chico zanjó el asunto con un argumento inapelable: “¿Y a quién va a creer usted, a mí o a sus propios ojos?”

Algo parecido sucede ahora con los magníficos resultados macroeconómicos que exhibe —sin mentir— el Gobierno. La inflación figura entre las más bajas de Europa, el crecimiento económico es uno de los mayores dentro de la UE y hasta el empleo ha alcanzado niveles que no se conocían desde hace quince años, como recordaba el otro día Sánchez.

Lamentablemente, el personal, que es de suyo quejicoso, no acaba de ver esa bonanza en las estanterías del supermercado, ni a la hora de alquilar o comprar un piso. Será cosa de esperar un tiempo hasta comprobar si la economía macro se traslada o no a la micro, que es la que de verdad importa al que ha de estirar su sueldo hasta fin de mes.

Mientras tanto, no queda otra que escoger entre lo que las autoridades dicen o lo que uno ve con sus propios ojos. ¿Elefante? ¿Qué elefante?

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