Opinión | Solo será un minuto

El baúl de los acuerdos

Solo hay que echar un vistazo a la actualidad para darse cuenta de que las broncas tienen un eco que retumba, y lo que retumba siempre atrae más que los silencios o las lenguas calmadas que renuncian a imponer la ley del grito repelado. Nada como unas disputas a manotazo alzado para que las redes ardan y ardan y vuelvan a arder, incendios que solo se apagan con el manguerazo del tiempo en aceleración permanente: las trifulcas de hoy serán pasto del olvido mañana y serán sustituidas por otras prefabricadas en la gran factoría del alboroto sin sentido, de la gresca ultracocinada en los despachos de ideas rugientes que buscan y necesitan disputas de familias mal avenidas (son más fotogénicas), colisiones amorosas que vendan portadas y atraigan clics de fama vil, relaciones tormentosas que azotan los platós de las televisiones en hora sacapuntas y hacen las veces de anzuelo para que miles de opinantes den su punto de vista sobre materias que no admiten aprobado general.

Más allá de ese escenario planificado y gestionado por habilidosos profesionales de la escenificación (es decir, del embuste sin libro de reclamaciones), los seres humanos protagonizan en sus vidas sin focos ni regidores muchas horas de emisiones llenas de interferencias. El baúl de los acuerdos cuesta mucho llenarlo. En cambio, los desacuerdos entran en él con una celeridad asombrosa. Solo cuando pasa el tiempo llega la certeza de que la memoria es más amable con los momentos en los que se eligió el camino más complicado: poner en cuarentena los desacuerdos, analizar errores propios antes de enjuiciar los ajenos, tratar de encontrar puntos en común para que las diferencias no lleguen a ser insalvables y los recuerdos venideros no apesten a agravios superlativos.

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