Opinión

El derecho a una familia es de los niños, no de los padres

Nos ha tenido entretenidos y a la vez espantados el proceso de maternidad de Ana Obregón. Hasta que ayer, boom, ahora dice que la niña es su nieta. A todos nos encantan las distopías y los giros de guión en HBO, Netflix o cualquier otra plataforma. Pero cuando nos invade la realidad nos desborda y nos explota la cabeza.

Todo este asunto es un debate social y es un asunto político, pero además nos es demasiado cercano a todos, demasiado personal, como para analizarlo desafectadamente. Además, han entrado a jugar en el debate diversos términos que siempre pretenden enmarcar lo que se discute dentro de unos márgenes que condicionen tanto de qué hablamos, como cómo lo abordamos. Aquí se baraja maternidad, deseo, derechos, filiación, adopción, legalidad, etc, pero enredando los términos para que nos lleven a donde cada uno quiere la discusión. Y yo, la verdad lo voy a confesar, aquí siempre he tenido más dudas que certezas.

Quizás dudo mucho porque intento entender todas las aristas, y toda la complejidad, y a veces se nos nublan más las ideas en vez de aclararse. Confieso que cuando se debaten los términos como vientre de alquiler vs maternidad subrogada veo lo que cada uno pretende al nombrar de una manera o de otra, pero eso no hace que sea más fácil. Vientre de alquiler pone el foco en el cuerpo de la madre gestante, en que los cuerpos no se alquilan, no son vasijas, en que no se compra y se vende o se alquila a las mujeres.

Desde esta óptica, el debate se asemeja al de la abolición de la prostitución y, por tanto, sirven muchos argumentos para decir no. El cuento de la criada.

Desde la enunciación de la maternidad subrogada, se pretende usar un término más comercial para describir un acuerdo entre dos partes que lo hacen “libremente”. Al margen de las dudas que nos pueda sugerir que se pueda ejercer la libertad desde la pobreza, en este debate entran todas las opciones que abogan por el negocio de la subrogación, pero también las que abogan por la opción de restringir a solo las posibilidades de hacerlo altruistamente. A mí esta opción de regular la alternativa altruista, la verdad, siempre me ha parecido que merecía un debate. Ahí hay que analizar las opciones, las restricciones, los riesgos, las consecuencias. Pero, si tanta gente quiere hacer esto altruistamente, quienes demandan esta opción serían esas madres voluntarias que nunca vemos. Lo cual no quiere decir que no existan, pueden existir.

Las dos opciones que hasta ahora tenemos sobre la mesa ponen la balanza hacia los progenitores. Nadie se ha fijado en que hay otra persona afectada, que es la criatura que nace. Si lo miramos desde el punto de vista de la madre gestante, podemos decidir si tiene derecho o no tiene derecho a alquilar su vientre o a subrogar la gestación. Si lo miramos desde el punto de vista de los nuevos padres, podremos decir que la paternidad no es un derecho. Se puede entrar en un debate también de hasta dónde llegan las políticas o los tratamientos de fecundidad y hasta dónde no. Cuando genéticamente hay alguna aportación de los padres o cuando no hay ninguna. Si no hay ninguna aportación genética y tampoco se gesta, ¿qué es? Incluso podremos entrar a interpretar hasta qué punto el país de destino se ve obligado o no a inscribir la filiación. De hecho, algunos no lo hacen y les quitan la custodia en cuanto aterrizan.

No es lo mismo poner el foco en los “vientres de alquiler” (explotación), que en la “maternidad subrogada” (transacción). ¿Qué pasa si ponemos el foco en el bebé que nace? ¿Qué derechos tiene? Porque desde el feminismo se puede debatir si una mujer tiene derecho a subrogar o se puede debatir si el alquiler es explotación.

Pero desde el punto de vista de los niños creo que no hay discusión posible. Porque los niños ni se compran, ni se venden, ni se alquilan. Aquí una tercera forma de enmarcar la discusión. Los niños y niñas tienen derechos.

Paradójicamente, quienes más se preocupan por los “no nacidos” cuando se habla de interrumpir un embarazo, parece preocuparse poco por los “sí nacidos”, que en este caso sí ya son personas con derechos, cuando se habla de “subrogación”. Quizás podemos poner el foco en el dinero. Y discutir sobre si la paternidad, como tantas otras cosas, es un derecho para quien se lo puede pagar y no lo es para el resto. En una concepción liberal-retorcida del mundo, cualquier cosa se podría comprar y vender. Y nos lo jugamos todo a la ley del más fuerte. Los juegos del hambre.

Para quienes quieren compararlo con una adopción, les diré que no tiene nada que ver. Porque en una adopción la voluntad de los padres no es un derecho. En una adopción hay un niño o niña en situación de desamparo. Este niño o niña tiene derecho a una familia y, de entre miles de familias que se ofrecen al Estado para ser la familia de ese niño o niña, se hace un proceso para discernir cuáles de ellas son idóneas para la adopción y se asigna una familia a ese niño o niña. No al revés. Lo hace el Estado, sin transacción, y además se vigila el proceso anterior y también el posterior durante años. Si quisiésemos pasar el proceso de Obregón por los filtros de la adopción, seguramente no cumpliría ninguna de las condiciones.

No es un debate sencillo, pero estas semanas de discusión han ayudado a aclarar muchas cosas. El caso de Ana Obregón es tan extremo que ha movido posiciones. Ella misma ahora, en un nuevo giro de guion, vuelve a cambiar el lenguaje. No es madre, sino abuela. No es debatible si los niños se pueden comprar o vender. No, los padres no tienen derecho a tener hijos, aunque los niños sí tienen derecho a tener padres.

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