Opinión | hoja de calendario
IA, el gran cambio social
Desde finales del siglo XVIII, cuando los primeros atisbos de la revolución industrial, la innovación y la tecnología han sido herramientas fundamentales de la elevación del nivel de vida de la clase trabajadora pero, al mismo tiempo, han mostrado una clara ambivalencia y han generado problemas que han dado lugar a conflictos. Ya el ludismo fue un movimiento encabezado por artesanos ingleses que protestaron entre los años 1811 y 1816 contra las nuevas máquinas que destruían el empleo, sobre todo en el sector textil. En los últimos lustros, hemos visto cómo la digitalización ha producido también cambios muy sensibles en todos los procesos productivos.
El proceso de innovación tecnológica no ha cesado desde entonces, generando sucesivos problemas que se han ido resolviendo espontáneamente. Hasta ahora, la maquinización de las tareas ha eliminado los puestos de trabajo más penosos, pero ha creado otros capaces de mantener el equilibrio y de seguir aspirando al pleno empleo. Pero con la inteligencia artificial (IA) hemos llegado a un punto disruptivo en el que las nuevas máquinas no van solo a arropar la evolución, sino que van a producir una verdadera revolución, que se traducirá en el consiguiente cambio social. Las posibilidades que ofrece una herramienta que irrumpe como ChatGPT, controlada por Microsoft, sugieren un mundo diferente del actual.
La inteligencia artificial sustituirá al trabajador/ser humano en todos los trabajos repetitivos: cadenas de montaje, transportes, servicios financieros, diagnósticos médicos… Pero, además, cambiará la forma en que las personas trabajan, los modos de aprendizaje y enseñanza, el abordaje de los proyectos constructivos e industriales, etcétera. Y, fatalmente, se da por hecho que la plena implantación de la IA hará desaparecer de entrada el 25% de los empleos en EEUU y en la UE, y el 20% en todo el mundo. Estas cifras irán creciendo a medida que la IA se apropie de cada vez más trabajos intelectuales y pueda ser habilitada para llevar a cabo trabajos físicos.
Nos hallaremos, pues, en una coyuntura revolucionaria: tendremos que gestionar sociedades en las que, de forma espontánea, no habrá trabajo para la cuarta parte de la población laboral. Es obvio que habrá que resolver el problema sosteniendo a quienes no trabajen, pero antes habrá que afrontar otros problemas: ¿cómo seleccionar a quienes trabajen y a quienes no? ¿Qué subsidio habrá que conceder a quienes no trabajen? Deberíamos preparar las respuestas antes de que las preguntas produzcan una gran inflamación.
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