Opinión

El espejo de ‘Succession’

Me había propuesto quitarme las series, siguiendo la estela de Tarantino, porque cada vez son más adictivas, pero me he hecho trampas con Succession y eso que incluso dije que no la vería hasta que estuvieran todos los capítulos completos. Pero ahora las plataformas también hacen como las cadenas convencionales de siempre, uno por semana. Llevamos tres capítulos de la cuarta, anunciada como última temporada, como saben los seguidores de las miserias del clan Roy.

Con la historia creada por Jesse Armstrong me ha pasado lo mismo que hace años con Falcon Crest, una telenovela de los ochenta que me tenía atrapado en los tiempos de facultad. Eso sí, entonces era imposible fardar de verla ni tan solo mentarlo. Luego supe que un compañero de asambleas también era fan. Todavía somos amigos, de los otros, con algunos que llegaron a altos cargos electos, no me hablo desde entonces.

La generación educada cara a la televisión mantenemos una unidad mental en gustos. Como me imagino que pasará con la actual. Por eso de Falcon Crest a Succession hay un paso. Igual que de la objetividad al periodismo. Supongo que el mundo de los negocios audiovisuales de los Roy se parece mucho a la realidad.

Sobre periodismo me ha interesado mucho la última reflexión publicada por Martin Baron, We want objective judges and doctors. Why not journalists too? (Queremos jueces y médicos objetivos. ¿Por qué no los periodistas también? The Washington Post, 24/03/23). Baron fue editor ejecutivo de The Post desde enero de 2013 hasta febrero de 2021 y, antes de eso, del Boston Globe durante más de once años. Su libro, Colisión de poder: Trump, Bezos y The Washington Post, se publicará en octubre, y su artículo es una adaptación de una conferencia del 16 de marzo en la Universidad de Brandeis (Massachusetts).

Es lo mejor que he leído sobre este oficio últimamente, donde el director que destapó los casos de pederastia en la iglesia estadounidense (Spotlight), pide disculpas porque los periodistas hemos sido poco humildes y muy arrogantes, al tiempo que defiende la objetividad contra la posverdad.

La objetividad no es neutralidad, como se sabe, por eso se pregunta si los medios de su país estuvieron a la altura en la etapa de Donald Trump y su gestión antidemocrática. Aunque, sin embargo, todo lo que se sabe sobre sus mentiras y el abuso de poder del exmandatario se debe al trabajo de las principales redacciones. “No hay profesión sin defectos”, dice Baron, y el periodismo no es una excepción. Fallamos por omisión, por prisa y descuido. Por prejuicio y arrogancia.

“Podemos, y debemos, tener un debate vigoroso sobre cómo una democracia y la prensa pueden servir mejor al público. Pero la respuesta a nuestros fracasos como sociedad y como profesión no es renunciar a principios y normas. Hay demasiado de eso sucediendo en los Estados Unidos de hoy. La respuesta es reafirmar nuestros principios, reforzarlos, volver a comprometernos con ellos y hacer un mejor trabajo para cumplirlos”, escribe Baron.

Por eso me niego a ser un mero espectador de lo que nos espera, como cuenta tan bien Succession.

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