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¿Y quién trabajará menos horas?

El debate ha empezado. No solo en España. ¿Cuántas horas y días habrá que trabajar en el futuro para poder garantizar un mínimo nivel de vida adecuado? ¿Cuatro días a la semana? ¿Y por qué no tres o dos? Y eso, ¿quién y cómo se paga? ¿A quién afectará y cuál será el resultado productivo final?

En 1930, uno de los economistas más influyentes de la historia, John Maynard Keynes, escribió un ligero y provocador documento de siete páginas titulado: Las oportunidades económicas de nuestros nietos. En un mundo estable, sin guerras ni crecimientos excesivos de población, pronosticó que los avances científicos podrían permitir trabajar 15 horas a la semana.

Claro que en este mundo ideal keynesiano realizado desde la perspectiva de entonces, el sentido del dinero como instrumento para acumular riqueza y patrimonio desaparecerá. En su texto apuesta por la existencia de un mundo más cercano a los teletubbies o, cómo no, a la idílica comarca de los hobbits. La ciencia —hoy gracias a la robotización y la inteligencia artificial— acabará siendo el principio activo del trabajo. Teniendo en cuenta cuál era el estilo y el elevado nivel de vida de Keynes en el Londres de entreguerras, reluce una buena ironía inglesa.

Las referencias al pronóstico keynesiano se usarán por parte de la nueva izquierda que, aun sea por oídas, tienen al economista como referente. Mencionar su apellido siempre da cierta áurea de autoridad, aunque no se haya leído nada de él y se conozca poco el contexto en que desplegó sus teorías.

A los representantes sindicales, que han velado desde finales del siglo XIX, en sus formas distintas, por el derecho de los trabajadores, se les complica la tarea. También a las obsoletas patronales que observan cómo los empleados de ayer no serán los de hoy ni de mañana. Los nuevos profesionales y trabajadores más que preparados exigen y deciden. La competencia por la atracción del mejor talento en cualquier industria es voraz.

Encuadrar un perímetro laboral fijo con conceptos definidos por los viejos estatutos de los trabajadores no tendrá sentido en el mundo al que nos estamos dirigiendo.

La flexibilidad en todos los niveles resultará fundamental y dentro de una misma organización empresarial —privada o pública— deben generarse marcos laborales abiertos. A medida que la robotización siga supliendo —lo lleva haciendo progresivamente desde la revolución industrial— todos los trabajos manuales básicos y de operario irán desapareciendo. No solo estos. Desde la Administración habrá que empezar a plantearse por qué figuras ancestrales como los notarios y registradores de la propiedad deben seguir existiendo el día que una máquina pueda avalar un documento.

¿Trabajar dos, cuatro, cinco o siete días a la semana, con las horas repartidas como se desee y desde donde sea? Naturalmente. Y también pagar acorde con objetivos cumplidos y nivel de productividad. Los trabajos del futuro, ya lo empiezan a ser, deben ser tratados a la carta. La inflexibilidad y los clichés ideológicos son los enemigos del progreso.

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