a pie de página

La zona de confort

Antón Losada

Antón Losada

Nadie quiere o sabe salir de su zona de confort en esta precampaña bis. La estrategia del PP se centra en tratar de convertir el 23J en un trámite tras un 28M donde el sanchismo ya quedó derogado. Los socios del Gobierno de coalición se lo están poniendo fácil insistiendo en una dinámica que pivota, otra vez, sobre los ejes que les llevaron a la derrota en mayo: la economía y la unidad.

Pedro Sánchez y los socialistas siguen queriendo hablar de economía, tradicionalmente el espacio donde más le gustaba andar a la derecha, apoyada en el mito de su capacidad de gestión. Se les ve convencidos de que la gente votó más al PP porque nadie les ha explicado, de una manera comprensible, que su economía va como una moto. Muchos ciudadanos no se han enterado de lo bien que lo ha hecho este Gobierno y por eso no le votan; es el diagnóstico. Ahora se lo va a explicar bien Nadia Calviño, parece ser el remedio. Núñez Feijóo quería hablar de economía antes, cuando anunciaban el desastre los pronósticos de los mismos que ahora nos ahogan con los tipos de interés. Pero ahora ya no le apetece tanto aburrirnos con cifras. Prefiere desvelar poco y darnos la sorpresa cuando ya gobierne, que nos hará más ilusión. Su zona de confort consiste en pasearse por los polideportivos y las radios de España como si ya hubiera ganado las elecciones. El sanchismo parece ya tan derogado que, a alguno, hasta se le puede acabar olvidando que aún falta ir a votar.

Yolanda Díaz anhela hablar de ilusión, en vez de hablar de nada o de Nadia. No quiere que las vulgaridades de una campaña electoral le degraden su imagen laboriosamente construida de hada madrina de la izquierda. Ella está por encima de todas esas miserias; esa es su área de confort. Pero a Pablo Iglesias y una parte de Podemos ni les preocupa ilusionar ni ganas tienen. Prefieren prepararse para resistir en los cuarteles de invierno. El milagro de la reducción de los panes y peces de la izquierda a una sola lista de unidad no les incumbe. De tanto ir a la contra y tanto tener razón han acabado estando de acuerdo y en desacuerdo. El gato de Schrödinger que está vivo y muerto a la vez es ahora el gato de Podemos que acuerda y disiente a la vez.

Lo que no logran las estrategias de sus rivales lo consigue una realidad incómoda para tanta comodidad prepresidencial a Feijóo. La aritmética política se abre paso y le recuerda que necesita a la ultraderecha de Vox para convertir en poder institucional su victoria en votos. Sánchez pacta con ultras y populistas porque le gusta; Feijoo pacta con ultras y populistas porque es lo mejor para España. Cariño, esto no es lo que parece.

No hay que ser un estratega para explotar este filón. Un día se iban a dilatar los acuerdos con Vox hasta después de las generales porque no había prisa. Al otro, el PP iba a intentar gobernar en solitario y a ver cómo le explicaba Santiago Abascal a sus votantes haber permitido que siguieran los gobiernos rojosatánicos. Al siguiente, la solución consistía en dejar gobernar a la lista más votada allí donde lo hubiera sido la popular, y allí donde lo hubiera sido la socialista, dejar gobernar al PP para que no tuviera que pactar con los extremistas. Hoy ya estamos explicando acuerdos de gobierno ultrarrápidos con los ultras.

Vox es el elefante del cual los populares no quieren hablar. Porque reduce la eficacia de Bildu como argumento electoral y reproche al rival, porque desdice la idea de moderación que vende Feijóo y porque evidencia que la alternativa a Pedro Sánchez y sus socios no es un Gobierno monocolor donde todo sería paz y armonía, sino un pacto con la ruidosa y alborotadora muchachada de la tuberculosis bovina, el secado de Doñana, el vicepresidente torero y las camisas extra slim fit.

La izquierda intuye que debe hablar del elefante pero no sabe bien cómo. Agitar el miedo a la ultraderecha ha perdido efectividad. A lo mejor ha llegado la hora de explicar, sin aspavientos, qué podría venir: el ridículo de tener un Gobierno igual o peor que esos ejecutivos de espanto que sólo parecían posibles en el extranjero, jamás en casa. Si eso tampoco le importa al votante de izquierdas, entonces, que así sea.

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