El origen del COVID-19

Médico

En un artículo reciente (NEJM 2023;388:2305-8), L.O. Gostin y G.K. Gronvall se preguntaban sobre los orígenes de la epidemia de COVID-19 y por qué era importante conocerlos. Saber cómo y dónde apareció el primer caso puede mejorar las estrategias de prevención, la evaluación de los riesgos potenciales y trazar un plan adecuado de atenuación. Sin embargo, en el caso de la pandemia reciente y una vez transcurridos casi cuatro años de su inicio, poco sabemos con certeza sobre su origen, salvo que todo empezó en la ciudad china de Wuhan.

Por pocos días, el famoso virus SARS-CoV-2 pasó a ser el responsable de una patología que lleva en su dorsal el número 19 en lugar del 20. China compartió rápidamente la secuencia genética del virus con todos los investigadores del mundo y, en pocas semanas, la OMS declaró la enfermedad COVID-19 una emergencia de salud pública mundial. Un informe técnico elaborado por un grupo de investigadores internacionales y después de una visita “controlada” a la ciudad origen del problema, calificó de probable o muy probable “zoonosis” el inicio de la penetración vírica en el ser humano y su transmisión a través de la cadena alimentaria. El origen como “incidente de laboratorio” mereció el calificativo de extremadamente improbable. Desde entonces, numerosos investigadores y el propio director general de la OMS, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, han manifestado sus dudas sobre el grado de profundidad del primer informe y especialmente sobre la “ocultación” provisional de datos iniciales por parte de los científicos chinos. Tal como comentan los autores del artículo de The New England, determinar el origen del SARS-CoV-2 debería ser un asunto estrictamente científico y no una cuestión política. Para contribuir un poco más a la politización del problema, el Ministerio de Relaciones Exteriores de China lo atribuyó al personal del Ejército de los EEUU, lo que llevó al ex presidente Donald Trump a responsabilizar directamente al Instituto de Virología de Wuhan y a un conato de salida de la OMS, acción oportunamente revocada por su sucesor Joe Biden.

El problema del origen del virus sigue vigente y, a lo largo del presente año, diferentes comisiones han centrado la cuestión en tres posibilidades: natural, accidental o deliberada. La evidencia científica acumulada apoya mayoritariamente la primera posibilidad. El inicio en un mercado concreto de la ciudad de Wuhan, las muestras ambientales positivas detectadas y el efecto neutralizador de la eliminación de todos los animales potenciales transmisores, son factores muy valiosos. Los defensores de la fuga accidental desde el laboratorio de la misma ciudad se centran en la existencia de la cepa RaTG13 del coronavirus de murciélago, elemento de trabajo de los investigadores chinos, como una cepa progenitora del virus humano luego conocido. Dejemos para los especuladores la tercera de las posibilidades. Las pandemias víricas actúan como las emisiones radioactivas, una vez en la atmósfera el viento las arrastra en todas direcciones.

Es curioso observar cómo la denominada peste de Atenas, que asoló la ciudad griega en el año 430 aC, sigue sin tener un agente responsable y mundialmente aceptado. La enfermedad fue maravillosamente descrita, con todo lujo de detalles, por el historiador Tucídides (460-396 aC) en su Historia de la guerra del Peloponeso (Donald Kagan. Edhasa, Barcelona, 2009). La duración del episodio fue de unos cuatro años y fallecieron unas 100.000 personas, casi una tercera parte de la población de Atenas. Se trataba de una enfermedad nueva, sin precedente conocido y que contagiaba a los propios cuidadores. Los numerosos fallecimientos impedían las ceremonias griegas clásicas y los cadáveres eran amontonados y quemados. A lo largo de los años este episodio ha recibido numerosa atención investigadora y el germen causal permanece aún en el anonimato. Durante las obras preparatorias para la celebración de los Juegos Olímpicos del año 2004, se descubrieron restos humanos potencialmente pertenecientes a este episodio sanitario. Una posibilidad basada en muestras de ADN de la pulpa dental de algunos cadáveres, permitió aislar Salmonella Tiphy (Fiebre tifoidea), al parecer endémica en aquellas latitudes y época.

Actualmente sabemos que alrededor del 60% de los episodios de enfermedades no previamente conocidas surgen de zoonosis naturales. El concepto de One Health, que vincula la salud humana, animal y ambiental debería imponerse en todos los ámbitos. Conceptos como deforestación, granjas animales, mercados húmedos, antimicrobianos, etc deberían contemplarse en los programas de formación sanitaria a todos los niveles. Al mismo tiempo, es obligado fortalecer las medidas de seguridad de los laboratorios mediante protocolos internacionales compartidos, especialmente los que manejan virus animales y humanos.

En definitiva, desde el siglo V antes de Cristo hasta el actual siglo XXI, las causas de algunas enfermedades comparten aún interrogantes que extienden una niebla de misterio en los recónditos parajes del Hades. Salgan de este lúgubre lugar utilizando las notas mágicas de Orfeo y Eurídice del músico alemán Christoph Willibald Gluck (1714-1787), pero no se olviden, como le ocurrió a Orfeo, de caminar siempre hacia adelante. La mirada al pasado únicamente para no repetir errores.

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