De Twitter a Mastodon: la odisea de encontrar una alternativa

Lucía Velasco

Lucía Velasco

La red social X, antes conocida como Twitter, vuelve a estar en el centro de la controversia. Tiene más de 300 millones de usuarios, pero muchos están desde hace tiempo, buscando alternativa. El espacio de X se ha vuelto hostil, tóxico. Negro. La experiencia de usuario es cada vez peor. Ya hasta cuesta encontrar lo que publican tus amigos y el algoritmo tampoco sugiere contenidos que lo compensen. Twitter supuso una verdadera revolución cuando entró en escena hace 20 años. Creó un espacio para la conversación global que ha cambiado para siempre la vida de millones de personas que han participado en ella. Personas que han podido hablar directamente con personajes inalcanzables, con políticos y artistas. Que se han acostumbrado a decir lo que piensan y a que de tanto en tanto, se les escuche. Ahora, ante la decepción permanente en que se ha convertido, los tuiteros buscan un nuevo hogar digital para ese espíritu que trajo a muchos en un inicio. Sin embargo, las alternativas aún no terminan de conseguirlo. Más allá de la curiosidad inicial pocas cuajan. Mastodon, Bluesky y Threads han tenido momentos de popularidad, pero no enganchan. ¿Será que no existe aún el producto definitivo o es que empezamos a dar señales de fatiga social con tanta red y tanto like?

Cuando el excéntrico multimillonario Elon Musk se hizo con las llaves de Twitter en octubre pasado, muchos salieron corriendo por la puerta de atrás y probaron suerte en la primera gran alternativa que entró en escena. Mastodon, una red poco conocida se encontró de la noche a la mañana con millones de personas haciendo cola. Los usuarios de Twitter se despidieron durante días, aunque nunca terminaron de irse. Mastodon pasó de 380.000 a más de 2,5 millones en menos de dos meses. Sin embargo, la mayoría no se quedó. Hoy, tiene cerca de 1 millón de usuarios, cifra significativa pero no suficiente para ser alternativa.El competidor que sonó fuerte durante un tiempo fue Jack Dorsey, el creador de Twitter. Jack ha lanzado Bluesky, una red social experimental con mucho control sobre lo que se ve para evitar otro estercolero. Al igual que Mastodon, es una red federada y descentralizada, lo que significa que no depende de una única compañía. Los usuarios pueden elegir entre diferentes proveedores de alojamiento y servidores para crear cuentas, de manera similar a elegir entre proveedores de correo electrónico como Gmail o Outlook. Por ahora es un experimento.

Y cuando parecía que todo estaba perdido, aparece Instagram-Meta-Facebook y presenta Threads. 30 millones en apenas unas horas han hecho pensar que quizá esta sí sea la definitiva. Aunque todavía tiene camino que recorrer, apunta potencial gracias a su respaldo tecnológico, su facilidad para traspasar los seguidores de Instagram y una buena reputación para los anunciantes. La privacidad es otro tema. Por eso, de momento, no estará en Europa.

¿Cuántas redes sociales podemos tener de forma realista? Los humanos estamos limitados en la cantidad relaciones estables que podemos mantener de forma significativa. El número de Dunbar es un límite cognitivo sugerido para el número de personas con las que podemos tener relaciones sociales estables. Propuesto por primera vez en la década de 1990 por el antropólogo británico Robin Dunbar, argumenta que los humanos solo podemos mantener cómodamente unas 150 relaciones a la vez. Dunbar sostiene que este límite está impuesto por la capacidad de nuestro cerebro para procesar y relacionarse con los demás. Mantener relaciones requiere recursos cognitivos, por lo que existe un límite finito para el número que podemos manejar antes de llegar a la sobrecarga. Aunque las redes sociales permiten ahora grupos de “amigos” mucho más grandes, los investigadores sostienen que el número de Dunbar sigue siendo válido para el número en las que interactuamos regularmente. Del mismo modo, tenemos limitaciones cognitivas sobre el número de cuentas que podemos consultar y en las que podemos publicar regularmente. El ajetreo de registrarse en la última aplicación de moda, solo para abandonarla meses después, es agotador. Cada nueva cuenta significa dividir aún más nuestro tiempo y nuestra atención. Y eso acaba dejando un poso de fatiga adicional a la que ya genera la pantalla.

En cualquier caso, está claro que algo tiene que cambiar porque cada día son más los estudios que demuestran la problemática de las redes tal y como las hemos diseñado. Son muchos los usuarios que quieren recuperar la esencia de lo que inicialmente les atrajo de Twitter, en un entorno más saludable, menos convulso y alejado de toxicidad. Esperemos que la innovación dé con la fórmula para reconectar de forma positiva a una audiencia ávida de conversación digital. Mientras tanto, aprovechando el verano, quizá lo mejor sea leer, hablar con el de al lado, o contemplar el paisaje en lugar de la pantalla. Eso sí que es mentalmente más saludable.

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