Opinión | Divaneos
El precio de hacer el fantasma
Entre los jóvenes —y algunos maduritos— se ha puesto de moda desde hace un tiempo la práctica del ghosting como estrategia para cortar de raíz una relación sin tener que dar explicaciones, sin da la cara y desapareciendo de la faz de la tierra así sin más. Como si se hubieran esfumado. En realidad, es mucho más complejo que eso, porque el corte de la relación se hace de una forma abrupta y, muy probablemente, sin que hubiera mediado ningún conflicto entre ambos. Esto puede dejar a la persona que es ghosteada (perdón por los neologismos, pero no he encontrado otra fórmula para expresarlo) un poco aturdida, sin entender qué es lo que realmente ha sucedido, y, más que muy probablemente, envuelta en una nube de ansiedad y aturdida por el sentimiento de rechazo.
Lo del ghosting nació al calor de las pantallitas, que hacen mucho más fácil lo de esconderse y traicionar a los demás. La era digital ha vuelto a la gente mucho más cobarde y desalmada porque lo sencillo es esconderse detrás de un nick para intentar pasar desapercibido entre la marea. Las redes sociales y las aplicaciones de citas y mensajería instantánea hacen que sea más fácil desconectarse sin tener que enfrentarse a una conversación difícil o incómoda.
Esta práctica es muy interesante desde el punto de vista psicológico por el mero hecho de que quienes la practican decidan poner fin de esa forma a una relación, tan tajantemente, y por el impacto emocional que suele causar en quien lo sufre. En los últimos años ha habido unas cuentas investigaciones científicas sobre este asunto. Una de las más completas corrió a cargo de Leah LeFebvre, un investigador de la Universidad de Alabama, que, junto a su equipo, realizó numerosas entrevistas a jóvenes que estaban familiarizados con esta práctica. Sorprendentemente, muchos de los que confesaban que habían hecho ghosting a alguna pareja aseguraron que eligieron esa forma de cortar la relación por encima de las tradicionales porque era más cómodo y porque de esa forma no tenían que lidiar con sus propias emociones ni con las de su pareja. Es la salida fácil cuando la atracción o el interés cae en picado.
Otro equipo de investigadores, liderado por el psicólogo americano Glenn Geher, que a medida que los distanciamientos de personas por los que ha llegado a sentir aprecio a la largo de la vida se van acumulando en nuestro acervo vital es un predictor de posibles problemas psicológicos. Por ejemplo, un estilo de apego inseguro, una percepción de no ser apoyado por los demás y una fuerte tendencia a ser emocionalmente inestable. Otros estudios de este mismo investigador apuntan a que la práctica del ghosting se ha ido multiplicando de forma exponencial durante estos últimos años. Como conclusión Geher asegura que “las redes sociales no coinciden evolutivamente con los procesos de comunicación cara a cara ancestrales y están causando estragos en nuestra salud mental por el camino”.
Es decir, el ghosting es una práctica que podría calificarse de antinatural desde un punto evolutivo para nuestra especie. Ese paso desacompasado en la evolución puede ser una de las principales fuentes del origen del malestar psicológico que padecen muchos jóvenes ahora mismo que viven ensimismados en el espejismo del pantallismo.
¿Qué siente la persona rechazada? Los efectos, como todo en la vida, cambian en función de la situación y de la personalidad de las personas involucradas, pero hay una serie de efectos emocionales comunes. Lo primero es el sentimiento de rechazo, ese es clave, y es como una puñada. El ghosting suele interpretarse como una señal de que uno no es lo suficientemente importante o interesante para la otra persona. Crea confusión e incertidumbre, puede dejar a la persona sin respuestas claras sobre lo sucedido o sobre lo que hizo mal derivando en emociones de angustia. La incertidumbre y la falta de respuestas pueden dar lugar a ansiedad y preocupación en la persona afectada, que puede comenzar a cuestionarse a sí mismo y a sus acciones, lo que acaba por afectar a su bienestar emocional. Provoca una disminución de la autoestima de la persona afectada, ya que puede sentir que no es lo suficientemente valiosa o digna de ser tratada con respeto. Con lo que hacer el fantasma crea un enorme vacío, difícil de llenar.
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