Pudiendo hablar en Galicia

Alberto Barciela

Alberto Barciela

Hace calor, resultado de un sol de inusitadas intensidades, que se ha espejado durante el día sobre el verdiazul atlántico, amansado entre los dulces relieves orilleros de la ría de Arousa, salpicados de mínimos puntos blancos de nubes escasas y aborregadas, con ese tono dulce de las olas que emergen en las popas de los barcos de pesca o recreo, como dulces estelas lentas, de su dulce pasar ocioso o laborioso, de veraneantes y marineros que regresan de salearase o tras realizar las labores propias de arar el mar sin herirlo.

Recogidas de sus rumbos diurnos, las vidas atracan elegantes en el bar inglés del Gran Hotel, desplazadas al atardecer desde el aperitivo en el muelle del propio establecimiento al gran salón, para la cena de gala benéfica, y ahora al reposo tras el gran piano de cola, afinado en formas, elegante en negro, compañero callado de la tertulia relajada y en su día de la reaparición reservada de Alberto Cortez, a la que ahora se incorporan algunos huéspedes ausentes del altruista compromiso. Empresarios, ejecutivos, políticos, periodistas confluyen en una conversación serena, que sobrepasadas las alusiones a la actualidad confusa, prefiere recalar en Gabriel García Márquez, provocados quizás por la curiosidad de quien parece descubrir el hielo, esta vez no en circo, y sí bañadas, cual rocas, por un buen whisky escocés.

Se recuerda al escritor de Aracataca, el Macondo imaginado, y se trae al recuerdo el vínculo de Gabo con Galicia, recreado en un inolvidable artículo de El País, un 11 de mayo de 1983. En aquel tiempo llovía, lo hizo de manera incesante durante las 72 horas que el Premio Nobel de Literatura pasó en Galicia, la tierra de sus antepasados. Entonces, según sus propias palabras “llovía en la ciudad, llovía en los campos intensos, llovía en el paraíso lacustre de la ría de Arosa y en la ría de Vigo, y en su puente, llovía en la plaza, impávida y casi irreal, de Cambados, y hasta en la isla de la Toja, donde hay un hotel de otro mundo y otro tiempo, que parece esperar a que escampe, a que cese el viento y resplandezca el sol para empezar a vivir”. Llovió hermoso en su artículo, negro sobre blanco, hace de eso cuarenta años exactos y algunos peces de oro.

En ese mismo trasatlántico varado, conversamos en una noche de este agosto pospandémico, divagamos sobre los Buendía, José Arcadio, Aureliano, Úrsula Iguarán, Remedios Moscote, Arcadio, Amaranta, Rebeca... La memoria se recrea en sí misma, como en un prodigio, como si los infortunios de la realidad tangible del ahora pudiesen cojurarse, eludirse con el prodigio de una realidad mágica, muy gallega; como si ante el pelotón de fusilamiento que representan amenazas y posibilidades como la inteligencia artificial se consiguiesen evitar infortunios diluidos por el portento de la palabra recreadora de historias o por la utilidad sensata. Somos consciente, sí, de que otra vez, Arousa y Colombia pueden alucinar juntas sin delito, sin delirio, en el encuentro de la amistad sin afectación, en la conversación fluida, educada, respetuosa, en la que el escuchar permite respetar la neutralidad, entender que el otro existe, sin que importe el género o se impongan imposturas propias de “este mundo devastado” de fondo y formas, y prisas desmedidas, pero no somos ilusos.

García Márquez descubrió en aquellos lejanos húmedos días a los que se refiere su escrito, que la gastronomía gallega, de la que deslumbrantemente le hablaba Álvaro Cunqueiro en Barcelona, no eran fruto de “delirios de gallego”. Constató que los recuerdos con que los emigrantes da Terra Nai e Señora de Ramón Cabanillas, evocaban Galicia no eran tampoco recuerdos esbozados por espejismos de la nostalgia. La genialidad, él como el mindoniense bien lo sabían, se cuece lentamente, como su abuela cocía los lacones, los mismos que le permitieron conocer sus orígenes galaicos.

Amancio López Seijas, su esposa Ana Sanjurjo, y sus hijas Clara y Marina, que realizó un interesante estudio sobre Cien años de Soledad hace más de veinte años; Fernando Ónega y su esposa Ángela Rodrigo; Enrique Lacalle y yo, hablamos de la vida y de la lectura, evocamos algunos momentos en los que todavía era posible saberse seres con valores y esperanzas, capaces de leer un libro de más de 140 caracteres, escrito por un ser humano y no por una máquina. Quizás el empresario de Chantada y su gran familia acaben por abrir un hotel en Aracataca, en ese Macondo en el que realidad mágica pueda permitirnos revivir en un mundo bailable en tiempo real, al ritmo de los ballenatos o de las palabras, de los canteros etimológicos, románicos o barrocos, bajo el sol o la lluvia. Con los gallegos, o con los catalanes, ya se sabe que nunca se sabe, o sí, que dirían Mariano Rajoy o Valle Inclán. Vale.

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