Vuelva usted mañana

Carles Francino

Carles Francino

La primera vez fueron siete minutos. Pensé que había tenido mala suerte. Debía ser hora punta de consultas y reclamaciones. No pasa nada. Segundo intento, tercero, cuarto, quinto… Empieza a asomar el mosqueo. Música de fondo, una grabación que repite: “Nuestras líneas están ocupadas”; varias peticiones con el número de DNI del usuario; número facilitado, pero conexiones que se interrumpen; más música, otra grabación: “Si desea ser atendido en castellano pulse 1, en catalán pulse 2”… Cuando a media mañana las llamadas —sin respuesta— ya rebasaban los 20 minutos de promedio, hubiera aplaudido con las orejas una respuesta en suajili. Todo fuera por escuchar la voz en directo de un ser humano. En esos atribulados momentos, cuando no sabes si rezar, blasfemar, emprenderla a golpes con el teléfono o ponerte a gritar como un poseso, recordé el chiste de Eugenio: “Señor, dame paciencia, ¡pero ya!”.

El humor siempre es un bálsamo, aunque el humorista aparezca por puro azar, como cuenta la magnífica película de David Trueba, Saben aquell. Pero no hay broma que pueda compensar la frustración que te asalta cuando un trámite aparentemente simple se eterniza ante esos protocolos mecánicos, tan modernos y tan odiosos, que obvian el trato personal. En mi caso se trataba de comunicar una pequeña avería doméstica que la compañía de seguros tendría que arreglar. Pero el mismo calvario puede acecharte si la gestión tiene que ver con asuntos telefónicos, bancarios, energéticos, administrativos, sanitarios, mecánicos... Ahora que tanto nos escandalizamos —y con razón— por la dependencia del móvil y la contaminación que provoca en las relaciones personales, no está mal recordar que ya hace tiempo nos impusieron ese sistema de maquinitas convertidas en paredes de frontón, donde rebotan las peticiones y las quejas de millones de ciudadanos. Casi dos siglos después de que Larra escribiera su legendario Vuelva usted mañana, vivimos en una burbuja tecnológica que nos invita a sentirnos como amos del universo, pero a veces nos tratan como al último mono. Paradojas de la vida

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