¿Dejamos de informar de los feminicidios?

Ana Bernal-Triviño

Ana Bernal-Triviño

Hoy se cumplen 26 años del crimen machista de Ana Orantes. Hasta 2004 no llegó la ley contra la violencia de género. La misma que ahora cuestiona Vox. Antes se añadieron otras medidas como las órdenes de alejamiento, de protección o la violencia psíquica como delito. Desde 2003, se contabilizó el número de asesinadas para concienciar de la dimensión del problema. Desde entonces, 1.237 mujeres asesinadas. Este año: 55 mujeres y dos menores asesinados. ¿Por qué lo recuerdo? Resulta que estos días, el Tribunal de Cuentas emitió su informe de fiscalización sobre la violencia de género. Y en su página 37 dice que “la estadística de feminicidios eclipsa otras informaciones que inducen a pensar que la protección de las víctimas es eficaz”.

En ese momento, solo me salen preguntas. Porque no es la primera vez que, a quienes informamos sobre este tipo de cuestiones, se nos desliza la idea de que dar las cifras de asesinadas quizás sea contraproducente. Y, a estas alturas, no deja de sorprender cómo estas reflexiones nunca se plantean en otros asuntos, salvo con nosotras.

Nunca se ha dejado de dar el número de víctimas de ETA por si creaba miedo en la ciudadanía o en representantes políticos, por si había temor a salir de sus casas o por si se dudaba del trabajo del Ministerio de Interior o de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Nunca se ha indicado que dar el número de víctimas en accidentes de tráfico eclipsara los casos donde la gente se salvaba, ni eso ponía en duda el trabajo de la Dirección General de Tráfico. Al revés, se han dado esas cifras para sensibilizar y sumar esfuerzos.

Si las mujeres no denuncian no es por las estadísticas, es por temor a no ser creídas, a pedir ayuda y que la justicia deje libres a sus agresores. Si, según el Tribunal de Cuentas, no se conocen los casos donde ellas se salvan, el problema no es dar la cifra, sino la falta de transparencia, la ausencia de estadísticas complementarias y de no acercar un sistema que, como detallan ante el Defensor del Pueblo, muchas víctimas consideran distante y que no las comprende. Lo que eclipsa el buen trabajo son los otros graves fallos del sistema. Si el sistema no fallase, ellas podrían concienciar a otras víctimas para confiar en él. Y ellas no pueden contar, por ahora, lo contrario de lo que viven. Parece que molesta que hasta las víctimas hablen.

Mujeres como Ana Orantes soportaron años de tortura porque no sabían cómo se llamaba lo que sufrían, o si a otras mujeres les pasaba lo mismo. No había cifras. Nada. Ahora hay unos datos terribles que exponemos para informar. La pregunta es por qué, en una sociedad que tiene ya más víctimas mortales por machismo que por ETA, hay una reacción tan tibia, no ocupa horas en los medios y no es eje central de la política. Quizás porque importamos menos.

Informemos con datos y con la verdad, mejoren el sistema y no las conviertan en invisibles. Porque esa cifra no es solo un número, son nombres y apellidos de mujeres asesinadas, orfandad y familias rotas para siempre. No borremos su memoria.

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