El ojo crítico

En el centenario de Jorge Semprún

Fernando Ull Barbat

Fernando Ull Barbat

Pocos políticos españoles del siglo XX han sido objeto de tantos estudios literarios como Jorge Semprún de cuyo nacimiento se cumplieron, hace varios días, cien años. A pesar del misterio que siempre ha rodeado a su persona y a su pasado, Semprún, novelista de éxito, guionista de cine nominado dos veces en los premios Óscar, dirigente del PCE en el exilio con múltiples nombres en la clandestinidad de la España franquista de los años 50 y ministro de cultura en un Gobierno de Felipe González, fue, sobre todo, un exdeportado del campo de concentración de Buchenwald. De todas las vidas que tuvo Jorge Semprún la más decisiva fue su experiencia en el horror nazi donde no sólo convivió con la muerte a diario sino que formó parte de ella. Unos años antes de su muerte el periodista y escritor Juan Cruz fue a París a entrevistarle y de aquel encuentro recordaba que Semprún era tan serio y circunspecto que cuando se reía daban ganas de abrazarle para agradecérselo.

Cuando fue detenido por la Gestapo en Francia a finales de 1943, Jorge Semprún llevaba en su mochila un ejemplar del Quijote y una obra de Kant. A pesar de su juventud tuvo bien claro que su lugar, una vez que su familia tuvo que dejar España y marchar al exilio tras el golpe de Estado de 1936, era luchar contra el fascismo en Europa. No lo había podido hacer en España dada su corta edad pero con menos de 20 años ya formaba parte de la Resistencia francesa en el comando Jean-Marie Action, combatiendo y realizando emboscadas a las tropas nazis y cometiendo sabotajes. Fue su compromiso con la libertad y la justicia social lo que le terminó llevando a Buchenwald y allí descubrió la fraternidad entre los hombres y el germen de la futura Unión Europea libre del fascismo y del comunismo. Su experiencia profunda con la muerte y la fraternidad que se encontró en Buchenwald le llevaron a defender de manera firme el concepto de Europa como única manera de convivencia.

Es sabido que si consiguió salir vivo de Buchenwald fue gracias a la suerte. El día de su llegada la persona encargada del registro de los nuevos internos apuntó en su ficha que su oficio era el de estucador en vez de estudiante de Filosofía en la Sorbona de París. Gracias a que hablaba inglés, francés y alemán la organización clandestina de la resistencia de Buchenwald logró situarle en la administración del campo, lugar desde el que cambiando nombres y fechas en el papeleo de los nazis salvó de una muerte segura a decenas de internos. Fue en Buchenwald donde recuperó el español, el idioma de su infancia, con las conversaciones que mantenía con otros españoles detenidos e internados en el mismo campo de concentración.

Cuando fue liberado de Buchenwald regresó a París sin tener una nacionalidad. Era un expatriado en cualquier lugar donde se encontrase debiendo elegir entre escribir o vivir, es decir, entre la escritura o la vida como tituló uno de sus mejores libros. Intuía que si escribía sobre su experiencia en Buchenwald conllevaría la consecuencia del suicidio. Continuó viviendo con una de sus varias vidas, la de dirigente del partido comunista, siendo enviado como responsable del partido a España durante algo más de diez años, con continuas entradas y salidas por la frontera francesa. Con pasaportes falsos e identidades diferentes, Semprún logró burlar a la policía francesa y a la española que nunca logró saber quien era en realidad. En este tiempo, y gracias a sus dotes de organización en el ámbito cultural, fue el responsable del nacimiento movimiento estudiantil de 1956 que supuso al mismo tiempo el inicio del antifranquismo en España.

Descubrí al Jorge Semprún escritor a principio de los 90 mientras cursaba mis estudios universitarios. Leí Aquel domingo (1980) en una horrible edición de Seix Barral y su lectura me impactó. Leyendo este libro me identifiqué de inmediato con el joven Semprún. Aunque yo vivía en una aburrida ciudad de provincias teníamos la misma edad y pensábamos de manera parecida. Pensé que mis reacciones ante el horror del campo de Buchenwald, en el día a día, hubiesen sido muy parecidas a las suyas.

Pero para entender a Jorge Semprún hay que hablar también de su etapa como guionista de cine. Todas las películas en las que intervino están teñidas de ese mundo sempruniano mezcla de melancolía y de rigor en el análisis político y social de la Europa de los años 50 y 60. En la única película que dirigió, Las dos memorias (1974), película que pude ver hace algún tiempo gracias al crítico de cine Ramón Alfonso, Jorge Semprún puso delante de la cámara a los principales protagonistas de la política española de los años 30 y 40. Desde un tiempo muy lejano escuchamos voces y vemos caras que sólo se pueden ver en fotografías en blanco y negro. Sin embargo, Semprún trajo a la España de la Transición las voces del pasado para que los españoles no olvidásemos de dónde veníamos.

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