Orbán, sus maniobras y consecuencias

Ruth Ferrero-Turrión

Ruth Ferrero-Turrión

El día 14 de diciembre de 2023 será recordado como el día en el que la UE decidió abrir negociaciones de ampliación con Ucrania y con Moldavia. El proceso de la gran ampliación geopolítica se ponía entonces en marcha. “Momento histórico”, declararon unánimemente Charles Michel y Ursula von der Leyen. Y todo ello fue posible porque de repente, como sucedía en la película Ser o no ser de Ernst Lubitsch, alguien se levantaba de sala de manera inesperada. Ese alguien en este caso fue el primer ministro húngaro, Viktor Orbán. Convencido por el canciller alemán, Scholz, se buscó esta maniobra para no hacer descarrilar una posición común que hubiera sido letal, no para Ucrania, sino para la credibilidad de la UE, una credibilidad ya muy deteriorada durante los últimos tiempos.

Unas horas antes de la votación, Hungría había conseguido que la Comisión descongelara 10.000 millones de euros. Para algunos Orbán había ganado una batalla, pero había perdido su posición en la cuestión de la ampliación. Sin embargo, unas horas más tarde se confirmaba que la famosa abstención no iría acompañada de la aprobación del Marco Financiero Plurianual que contemplaba el incremento de 50.000 millones de euros destinados a la ayuda para Kiev. Orbán se había abstenido en la cuestión político-simbólica, pero bloqueaba el dinero, siendo consciente de que los gestos son simplemente gestos y que la negociación sobre la incorporación de Ucrania aún no ha comenzado y que tendrá otras múltiples ocasiones para bloquear el proceso: con la adopción del marco negociador para las conversaciones entre Ucrania y la UE; con cada apertura y cada cierre de los 35 capítulos y con la aprobación de la adhesión final, que requiere la ratificación nacional de cada uno de los estados miembros... y todo esto, siempre aprobado por unanimidad.

Pero todo eso, ¿por qué lo hace Orbán? ¿Se trata de una posición negociadora y transaccional para conseguir más dinero europeo o, por el contrario, tiene en la cabeza un modelo de Europa que no es el actual? Estas dos opciones no tienen por qué ser excluyentes. En un artículo en el Financial Times del 15 de diciembre, Ivan Krastev afirmaba que los líderes europeos estaban malinterpretando a Orbán ya que asumían que la posición de este era una estrategia de negociación para descongelar fondos europeos, y que, por el contrario, su posición no era por dinero, sino por la futura configuración de la UE de cara a 2024. Krastev se posiciona de manera clara en la segunda opción.

Desde hace años se observa, especialmente tras el Brexit, que la opción de la salida de la UE no es tal para países que siempre se caracterizaron como euroescépticos, como la República Checa o Hungría. El Brexit proporcionó la vacuna para que nadie más quisiera salirse del marco comunitario, y en concreto del Mercado Único; ahora bien, eso no impide que hayan aparecido alternativas a la concepción de la UE actual. En un momento de claro retroceso de las izquierdas y crecimiento de discursos de derecha radical, una de las apuestas es la que propone la creación de una Europa de los pueblos, donde se situarían no ya fuerzas periféricas de los sistemas políticos, sino fuerzas centrales de estos sistemas: Le Pen, Meloni y el propio Orbán como excepcional director de orquesta.

También sabemos que la ampliación no sucederá si Ucrania no gana la guerra, porque ¿qué territorio exactamente se incorporará a la UE? En un momento de extrema debilidad de la ayuda norteamericana a Ucrania, no aprobar los 50.000 millones de euros puede significar el acta de defunción de Ucrania, o si no, su mutilación territorial. Pero es que, además, la ampliación no sirve si uno de sus principios esenciales es vulnerado, el del Estado de derecho. El mismo día en que la Comisión descongeló los fondos para Hungría, se aprobó una ley en el Parlamento húngaro denominada ley de protección de la soberanía, que restringe muy gravemente la libertad de prensa en el país. Y todo ello se suma a que las reformas del poder judicial tampoco cumplen con los criterios exigidos por Bruselas, por lo que no se entiende el desembolso de la Comisión. El Estado de derecho, de nuevo, subestimado por cuestiones geopolíticas… Este es el verdadero problema. Si se consiente en los chantajes, entonces todos los Orbán habrán ganado y su modelo de Europa será el que salga triunfante de todo esto.

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