Gárgolas

Alucinaciones y alienaciones

Josep Maria Fonalleras

Josep Maria Fonalleras

Es curioso como una competición tan amorfa, tan descafeinada y tan polémica como la Supercopa de España puede provocar descalabros tan notables. Fue la tumba (azulgrana) de Valverde, significó el renacimiento del Barça tras el bache europeo de la pasada temporada, y este domingo se ha convertido en una especie de ara expiatoria donde los pecados del equipo se han hecho evidentes y dónde se empieza a construir el ceremonial para borrar la culpa mediante un anunciado y previsible sacrificio personal.

Antes de entrar en el detalle de este “bochorno insoportable” (como decía la crónica de El Periódico), de esa “extrema decrepitud”, de ese “rumbo a la perdición”, conviene que nos detengamos un rato en el escenario. Me parece que tanto la distancia geográfica como el exotismo de la grada son factores a tener en cuenta para entender qué significa esta Supercopa, un negocio turbio y oscuro, un invento millonario y moralmente sospechoso, que proviene, recordemos, del afán del extinto Rubiales por engrosar las finanzas de la Federación, más allá de cualquier criterio de decencia. Salvo un par de docenas de fanáticos de Osasuna, el resto eran aficionados árabes (la gran mayoría merengues) que reproducían los cánticos que han oído por televisión, incluido el reivindicativo y orgulloso «¡así gana el Madrid!», con una cantinela desprovista de pasión, casi rutinaria. No se dio el caso, pero me hubiera gustado ver cómo se lo habrían montado para convertir los silbidos constantes y repetidos a Kroos (por su actitud a favor del fútbol y en contra de las calamidades promovidas por un régimen dictatorial) si el futbolista del Madrid hubiera sido el encargado de chutar un penalti. Esperpéntico, en un entorno que permite pensar que esta competición es una especie de espejismo que genera pesadillas.

El problema es que el Barça que cayó frente al Madrid no es producto de una alucinación, sino de una alienación colectiva. De la constatación de un descalabro que, por ahora, es deportivo, veremos si también institucional. Hacía tiempo que no veía una alineación tan carente de alma, tan exánime, tan perdida en el desierto, empezando por la mirada extraviada del presidente y acabando con los brazos cruzados de los jugadores. Si Xavi no fuese un símbolo viviente del pasado, no tendría ninguna opción de escribir el futuro. Quizás ya no la tiene. Guardián de las esencias que se han evaporado en la noche más triste, ese oasis de antaño es ahora una extensión de dunas donde la mediocridad es la única realidad tangible, sin excusas, sin pozo donde saciar la sed.

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