Opinión | El trasluz

¡Hala!

Se nos ha muerto un amigo que, cuando quedábamos a comer, llegaba siempre el último y se marchaba el primero. Después de que se fuera, en la sobremesa, comentábamos esta característica suya con un punto de fastidio. No comprendíamos el porqué de aquella actitud por lo demás incorregible, pues nuestras insinuaciones e ironías caían en saco roto. La interpretación más común era que de ese modo se hacía el importante. Los reyes y los ministros suelen hacerse esperar y prolongan poco las conversaciones que acompañan al café y a las copas.

Cuando el grupo de amigos nos encontramos en el tanatorio, fuimos a tomar algo a la cafetería. Allí recordamos anécdotas y sucesos de nuestras vidas y hablamos de Agustín, claro, que así se llamaba el finado. Al recordar su falta de puntualidad y su manía de salir corriendo apenas terminado el almuerzo, alguien sugirió que trataba de hacernos creer que tenía una vida más interesante al margen de la nuestra.

–Y quizá la tuviera —añadió ese alguien—. Venía a encontrarse con nosotros desde esa otra vida, que le costaba abandonar, y volvía corriendo a ella porque la echaba de menos enseguida.

Se tratara de una vida fingida o verdadera, lo cierto es que para él resultaba muy estimulante. Preferí, quizá por pura mezquindad, pensar que era imaginada. Vi entonces a mi amigo calculando exactamente el retraso con el que debía presentarse en el restaurante y la antelación con la que debía levantarse de la mesa para hacernos creer (o para hacerse creer a sí mismo) que le reclamaban ocupaciones cuya importancia quedaba fuera de nuestro alcance.

–Y ahora —comentó otro amigo— ha sido también el primero en morirse, como si le esperara algo interesante al otro lado.

Dejamos ahí el asunto porque nos daba un poco de vergüenza criticar al muerto, aunque lo hacíamos con la dosis justa de ironía, con carácter festivo. Al despedirnos de la viuda, nos dio una carta que el difunto nos había dejado y que, según su deseo, no podríamos abrir hasta dentro de dos años. Desde aquí te digo, Agustín, que te aprecié, pero que no me vuelves a engañar. Me importa un pito el contenido de tu misiva. ¡Hala!