Opinión

Alberto Barciela Periodista

Arcilla, no fango

La vida es un acto individual que hemos de compartir necesariamente si queremos otorgarle sentido, una lógica. Seguir en soledad sería retroceder, asumir una vida sin sentido, sin convivencia, sin participación. Lo sensato es encontrar un hueco en la zona de consenso. El espejo social ha de aspirar al virtuosismo, a la concordia y a la amabilidad, que propicien el respeto para conseguir el bienestar igualitario, democrático, justo. Una danza armoniosa en la pista de lo civilizado, en el salón común en el que han de bullir los unos y los otros, con sus matices, con lo bueno, lo superfluo, la ignorancia y lo banal, pero también la sabiduría y la alegría de compartir. Hay que predisponerse al otro; eso o desistir del avance para morir en clausura ideológica, fanática. No hay alternativa.

La vida es como una lluvia fina, persistente. Todos los milenios precedentes han sido necesarios para construir este instante... Somos lo que somos con y para los demás, en ellos encontraremos la verdadera significación y el motivo de nuestra existencia. He ahí el motivo de tantos esfuerzos, de tantos sacrificios, de tantos honores e investigaciones de la misma evolución, de tanto experimento, de tanto acierto-error. Algo deberíamos haber aprendido.

Lo mejor no se explica. Existe una profunda nostalgia en el ser humano, misteriosa, telúrica, un eco no se sabe muy bien de qué, pero que se establece entre el surgimiento de la existencia y esa extraña formulación extrema que es la esperanza, el mejor exponente de la utopía de un futuro tan incierto como inexplicado, pero necesaria.

Los avances gozan de precedentes, el pasado existió, y en él ha de hallarse la justificación de los comportamientos actuales, individuales y colectivos. Quizás sea contundentemente cierto que “las voces, las luces, las alegrías y las sorpresas, las esperanzas y los miedos que encierra nuestra niñez”, sea lo “que realmente amamos, lo que buscamos durante toda la vida”, como formuló Sándor Márai, novelista y periodista húngaro, en La mujer justa. Recabamos la inocencia primigenia, y la confundimos entre los afanes y las ambiciones de cada día, los pecados innecesarios.

Rilke nos solicita en sus escritos, casi nos suplica que le creamos, pues, según él, “la vida tiene razón en todos los casos”. Borges nos dice que la vida humana, “por intrincada y populosa que sea, consta en realidad de un momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es”.

Seamos más sencillos, hagamos un reposo delicioso y objetivo, reflexivo y esclarecedor, con Miguel Torga, atendamos la indicación del disfrute de las pequeñas cosas que nos sugiere: “La constancia de las fuerzas elementales, la fuente manando en invierno y secándose en verano, el pájaro haciendo ritualmente su nido”. “Es en este ritmo de vida —dice el intelectual de Tras Os Montes— en el que creo en lo más íntimo, solo en él encuentro la paz y tengo esperanza.”

La sencilla arcilla siempre fue mejor que el fango. Los alfareros, como los escritores, filósofos y poetas, son el principio de muchas lecciones de humildad y puede ser el ejemplo de una imprescindible y hermosa convivencia.